www.cubaencuentro.com Miércoles, 26 de enero de 2005

 
Parte 3/3
 
Carta a Armando Calderón
por RAMóN FERNáNDEZ LARREA, Barcelona
 

Para un siboney, taíno o guayabo blanco, el lenguaje era muy simple. No llegaban a la sencillez de otras culturas, que preferían la onomatopeya —como los dominicanos de hoy día—, aquellos que, en viendo comida trepada a un árbol decían, señalando: "ñam ñam". No llegaba siquiera al "cronch" de Hernán H. en Gugulandia, pero era elemental y práctico.

Si había tormenta, los indios levantaban un dedo y decían "Mabuya". Si una criatura amanecía con diarreas, soltaban también su "Mabuya". Y era "Mabuya" igual para unas hemorroides que para una mordida de cocodrilo en celo. Y a mí tanto "Mabuya" como que me resultaba estrecho. Me estreñía. Entonces llegaron los hermanos Pinzones, que eran buenos marineros, comandados por Colón, que era un viejo entre genovés, catalán y mallorquín. Y tras ellos, la hez de Extremadura, Asturias y Galicia, que tampoco sabían hilvanar más allá de cuatro frases lógicas. Pero alguien trajo en su momento un párrafo completo, y cuando ese castellano de armaduras oxidadas se mezcló con lo que natura les hizo decir a nuestros indígenas, comenzó a tomar cuerpo lo que ahora hablamos. Entonces, alguien muy brillante, le dio el toque que le faltaba, y comenzó a importar mandingas, para que nos sentáramos a comer quimbombó con carne de jutía, bien regado con vino de Rioja.

Sólo faltaban usted y la Keystone para darle movimiento y vitalidad a la palabra. Desenfrenadas comedias del cine mudo cuyo argumento, estático ya, cambiaba, narrándolos con jovialidad. Así, de pronto, entraban en nuestro universo El Conde del boniatillo, Canillitas, Mantequilla, la Condesa del Durofrío, el amigo Mermelada, el Marqués del Huevo Frito, el amigo Manteca, la gorda Yordanka, y donde el infeliz Roscoe Fatty Arbuckle se convertía, para la grey infantil rodeada de papaítos y abuelitos, en Cara de Globo para todas las vidas posibles. Con su aparición comenzaba yo a parecerme al resto de los niños, porque en mi fuero interno lo había nombrado abuelo suplente, el abuelo más divertido del mundo, y además famoso, porque se codeaba usted cada siete días con Chaplin, Keaton, el Gordo y el Flaco, y eso era, para mí, la monda.

Qué dichoso era yo en aquellos años en que no adivinaba que el país se resumiría en constantes tribunas para el ululato demencial, el vocerío chambón, la desgaznatería peluda; que su gobiernito iba a hacer going gin gín, que su economía jamás llegaría a sonar el ajúa ajúa, por mucho grorr arran arránarrán que intentaran hacerle. Todo se diluyó en el desmadrado fox trot con aire de charleston que describía usted bucalmente con su peculiar "canchán arranchanchán pacachán qué mal baila usted, señor Conde". Quizá por ello, una mañana de resaca, un domingo que cayó tras un maratón sabatino de cañangazos guarfarinosos, con ímpetu de beodovil, en medio de una escena de confusiones y despelotes, soltó usted lo que soltó, y que provocaría su conversión, a partir de entonces, en el Hombre Invisible. E Inaudible.

Yo no lo vide. Yo no lo oíde. No lo doy por probide, aunque ya llegaba usted a la frontera de esa edad en que los chicharrones se confunden fácilmente con el romerillo de Manacas, el blúmer con una carta del Himalaya y el manganeso con licor de plátano. En el ardor de un corto de resbalones orgiásticos, trompadas a tutiplén, un incesante dale al que no te dio y un imparable Bernabé que le dio a Burundanga que sonó a Puchilanga, se le salió, del fondo de la nacionalidad en reposo, el clamor, el jijeo, el baladro magistral. La frase que nos iba a servir para calificar situaciones extremas, políticas, emocionales, económicas; gozadoras o deprimentes. La frase, la gran frase, la total. La que asustó tanto a las autoridades, que lo vistieron de viejito para mandarlo definitivamente a las duchas. Mas no por el concepto en sí, sino por el agrandado pene popular que incluía, cuando lo otro era más terrible y demoledor.

Ahí queda usted, aunque ningún congreso, asamblea, encuentro, evento, concilio, junta, cónclave, conferencia internacional sobre la situación del país acepte sesionar bajo una marquesina donde su frase encabece y resuma lo que se va a tratar. ¿Imagina una sesión solemne donde la gente inaugure una farsa de esas tan comunes, bajo un cartel con su genial invención?

Sería que algo ha cambiado. O todo. Ni siquiera en esa roca, cerca de Arenys, se me ha ocurrido pensar en un grupo de gente cavilosa, que tenga tras sus espaldas este cartel: "Esto está de… queridos amiguitos".

Lejos de la comedia, pero nunca silente,

Ramón, el Marqués del Revoltillo Apurado

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