www.cubaencuentro.com Miércoles, 26 de enero de 2005

 
Parte 2/3
 
Carta a Luis Casas Romero
por RAMóN FERNáNDEZ LARREA, Barcelona
 

Porque la radiofusión, o radiodifusión, es, siempre que no se prohíban a Los Beatles, uno de los inventos más geniales del hombre junto al Internet, el jacuzzi, el batido de fruta bomba, el láser, las chicharritas, los microchipes, el lavado en seco, la ropa interior comestible, los viajes a la luna y a París, el fufú, el tasajo brujo, el aire acondicionado, el helado de mango, los consoladores eléctricos, el tibor esmaltado, la oncología, el pato Donald, las naves interplanetarias, el confeti, el dulce de coco rayado y las películas porno de argumento serio. La radio es un vacilón. Nos acompaña, nos mima, nos protege, nos despierta y nos duerme. Menos mi tío el sordo, todos disfrutan o han disfrutado en algún momento de ella.

No bastará para agradecerle aquella idea suya de implantar la radio en la Isla, aunque haya tenido también sus motivos personales. Como también era un músico tremendo, con más olfato que oído, se olió que, si otro ponía una emisora, a lo mejor no le iba a radiar sus piezas, por roña, por envidia o porque se tomaría su tiempo y llegaría Pérez Prado con el mambo, y lo suyo era otro temblor, otro ritmo más lírico y espeso.

Todos dicen que usted inventó la criolla, y creo que están equivocados. La criolla nació del cruce de simientes entre un extremista extremeño y una mandinga amenazada —el gallego le grito: "Te pegaré si hablas y si mientes"—. Aunque es cierto que la criolla musical la creó usted con un tumbaíto muy sensual allá por 1909, y la primera se llamaba Carmela. No digo que al hacerlo pensara en Esther Borja, pero acertó.

Otra confusión muy extendida entre los críticos musicales, disc jokeys, musicólogos y fauna adicional —es decir, todos los que han nacido zurdos para la música—, es eso de la guajira de salón. La guajira de salón es otra cosa. Es cuando los señores han terminado de cenar y la sirvienta, Epergesia, les sirve el café en el salón de la mansión. Epergesia es de un caserío cerca de Las Tunas. Esa es la guajira de salón, y no hay vuelta de hoja —ni de Epergesia, que no retorna al monte ni con candela—, así que pasemos a una pieza musical que no es de su autoría y cantemos con Bimbi y su Trío Oriental: "siga el entierro, cochero, siga el entierro".

Aclarado el tema vuelvo a encender el aparato y a todo lo que me contó la vieja Amanda sobre su persona y el inicio de la radiofonía o radiofusión en Cuba. No podía esperarse otra cosa de usted, nacido un 24 de mayo de 1882 en la calle de los Pobres número 95 —ya le jugaré un fijo si me fijo— hijo de Luis Casas Fuga y Adelina Romero García, entre Callejón Montero y Tío Perico, en aquel Camagüey que estaba entre la llanura y la llaneza.

Y como llevaba la Fuga en la sangre, aunque desde los cuatro años estaba loco por la música, y a los nueve se adentró en el solfeo, salió del pentagrama a los quince y se fue con las negritas a la manigua, no sé si por un problema de corcheas o para huirle a la natal calle de los Pobres, que no presagiaba nada bueno. En el Ejército Libertador actuó de mambí bajo las órdenes del General López Recio, que era rígido también de apellido, y muy Recio cuando había Fugas en su tropa. De esa experiencia patriótica regresó con una profunda herida en la pierna derecha, y parece que ese dato lo acercó a los micrófonos. Al menos sí se balanceaba hacia ese lado.

Entonces se acabó la guerra, murió su padre y llegó 1901, y usted se hizo tipógrafo, cajista de obra y corrector de pruebas, antes de fungir —¿o fingir?— como crítico musical y fundar la Banda Infantil de Camagüey, que era el primer paso para llegar a su sueño dorado: la banda de los 370 metros, donde transmitió por vez primera para todo el territorio nacional. En el ínterin —que es como decir "el interior" con cariño— se dedicó a preparar el futuro con cautela, que es un componente básico para que las cosas salgan bien, y que se perdió allá en 1959.

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