www.cubaencuentro.com Miércoles, 26 de enero de 2005

 
Parte 3/3
 
Carta a Luis Casas Romero
por RAMóN FERNáNDEZ LARREA, Barcelona
 

Eso explica por qué salen tan mal los proyectos emprendidos. Así, para matar de modo agradable el tiempo, se casó y tuvo seis hijos que serían su primera plantilla radial, como para legarnos también la hermosa idea del nepotismo especializado, siempre preferible al otro, o a todos los tipos de nepotismos. Si alguien a esta altura no sabe qué rayos es el nepotismo, será un primo lejano toda la vida. Y para no abandonar lo de las bandas, combinaba lo de la engendradera con su labor de teniente y subdirector de la Banda del Estado Mayor del Ejército, una banda más ancha.

Y tras mecaniquear en cosas eléctricas en incansables jornadas, pudo por fin, en 1920 —fecha que recordaba claramente la anciana Amanda, porque ese año comió chorizos de otra marca—, armar un tareco que llamó, como para no acomplejarse, planta de radioaficionado 2LC, ya en la Ciudad de La Habana, cuyo aire permite hacer mejores transmisiones, no sé por qué, pero al menos uno se siente como que está radiando en la capital. Así llegó aquel 10 de octubre de 1922, y el fui fui fuiiiii de la estática que asombró a la población, que se convirtió a partir de ese día en "queridos oyentes".

La inauguración no pudo ser más lujosa. Además del Presidente de la República de Cuba, el Chino Zayas, pidiendo 50 millones a los americanos en un puro inglés de la calle Zanja —muchos años más tarde otro sinvergüenza le pediría diez dólares a Rooselvet, pero en español y con mucha ingenuidad, lo que habla de cómo habían bajado las aspiraciones monetarias, pues el cubano se había vuelto pesetero—, se sumaron las voces de Remberto O'Farril y Raúl Pérez Falcón anunciando la parte artística: un solo de violín del señor Joaquín Molina, acompañado al piano —siempre me he preguntado para qué, si era un solo de violín. Creo que allí mismo se inició también la asquerosa costumbre nacional de convoyar las cosas— por la señora Matilde González de Molina, presunta esposa.

Y luego, canciones nativas, interpretadas por Mariano Meléndez y Rita Montaner, nuestra primera criolla radial. Una de las creaciones —criolla por los cuatro costados— era del cubanísimo José Maury, con letra de ese poeta insular llamado, cariñosamente, Henrich Heine, y tenía el cubanísimo nombre de Rosas y violetas —no confundir con otra criolla posterior, intitulada Rusos y violentos, que narra los sucesos de la crisis de los misiles—.

Mariano Meléndez cantó, sin embargo algo muy extranjerizante llamado Soy cubano, criolla de la inspiración suya de usted, que aprovechó para colar el danzón Princesita, con la Orquesta Casas. Fue un programa equilibrado y hermoso, de los más bonitos antes de otros significativos hechos radiales como Nocturno, La Tremenda Corte, Las Aventuras de Leonardo Moncada y Tía Tata Cuenta Cuentos. Al menos fue un programa balanceado, con buena música, y la parte de humor que le imprimió el Presidente.

Pero ya después, su idea como que de desinfló, con señaladas excepciones. Los políticos agarraron el meruco por el cable y había que pegarles para que lo soltaran. Hasta realities shows hubo, con disparos en vivo. Y aquello se volvió el medio ideal para aburrir y prometer libertades. Mire usted tanto esfuerzo por su parte para terminar en Radio Cordón de La Habana.

Lo que me asombra es —y está plenamente demostrado por la historia— que para innovar en la radio, primero hay que darse un baño de manigua. Ser mambí o mambolero, libertador o libretador. Se lo digo porque los políticos dejaron de ser cómicos. Fíjese que aquel que le pidió los diez dólares a Rooselvet, agarró el rábano por la soja un mal día y se pegó al micrófono de un modo lapadario, metiendo para innovación: la radio fue todita suya mediante el sencillo, sutil y divertido sistema de encadenarla. Cada emisora se encadena después de encadenar a los "queridos oyentes", y todas tocan la misma música, con idéntica letra: el lento danzón del mismo autor, que es también el dueño de las Casas. Así quién vive, querido Luis, si la radionovela es la de siempre.

Ya me lo advirtió la viejecita Amanda cuando me habló de usted y de la historia de la radio. Ella detestaba a este omnipresente locutor, que grita y saliva las ondas, porque armó la choricera diciendo que al futuro pertenecía a los Miños. Al final la radio es más verde y más cuadradita que el aparato de mi infancia. Y mire que me gustaba el medio, pero no tiene remedio. Será pesimismo de mi parte. No me queda más que lanzar mi mal augurio por el mundo: si mi padre fuera cherokee, yo habría nacido en Milwakee.

Muy criollo y radial,

Ramón

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