www.cubaencuentro.com Miércoles, 26 de enero de 2005

 
Parte 3/3
 
Carta a Francis Drake
por RAMóN FERNáNDEZ LARREA, Barcelona
 

Ahí entraba usted con sus bajeles, bajeando las naos enemigas, para robarles lo robado, y así todos quedaban parejos por aquello de ladrón que roba a ladrón. Luego se paraba frente a La Habana, que era un lugar al que todavía llamaban Villa de San Cristóbal de La Habana, y que poseía cuatro bajareques, doscientas tabernas, un simulacro de embajada rusa y ciertas fortificaciones en su primera fase constructiva, y se armaba un desmadre y un domingo de la defensa tremendos, y un súbeme ese bloque que ahí viene Drake, y un corre Rodríguez, y un amasa la argamasa que nos invaden, y un nerviosismo que mire la hora que es y no se nos ha quitado del cuerpo.

Nada más ver —entre la niebla londinense que cubría a la bahía en aquel siglo— la silueta fantasmal de las velas de su nave Golden Hind, antigua Pelikan, sus cañones sangandongos, culebrinas y katiuskas, rodeada por sus veloces acompañantes, los boticarios aumentaban la venta de sulfas, bismutos, permanganatos, tisanas, corchos y serrines.

Y no sólo se aflojaba, como por arte de magia, el aparato digestivo de los villanos habaneros, sino que brotaban, juntadas unas con otras, otros procesos gripales como gonorreas o almerochas, flujos blancos, verrugas genitales, landres, encordios, tabardetes o tabardillos que provocaban los piojos en su nerviosismo. Y usted, como el de Lima, mirando y dejando, moviendo el pudín naval hacia costas más orientales y fraternas, orillas nagües, donde se abastecía de aguas, chivos —expiatorios y de comer—, machos asaos, frutas, viandas varias, fomentando el aprendizaje comercial de los nuevos habitantes de aquella Juana que se iba convirtiendo en Cuba.

Pero no atacó nunca. Y nadie en la Isla sabía que usted era, más que un vulgar saqueador de ciudades o ladrón de gallinas, uno de los navegantes más osados e ingeniosos que habían parido en la cala de un barco con fluidos de vicario, y que acababa de darle la vuelta al mundo, convirtiéndose en el primer inglés que bordeaba la Patagonia porque Magallanes era muy estrecho.

En esa aventura había conocido a los patagones, gigantes peores que los orientales, que se ataban los genitales y vomitaban bilis. Y demoró 12 días en cruzar el Cabo de las Vírgenes, que parecían insaciables y tenían seco al cabo. Luego mató 3.000 pingüinos, tal vez confundiéndolos con habitantes de La Coruña. Descubrió una isla donde halló agua y "hierbas de gran virtud", que no era precisamente caña de azúcar. Vio nuevas especies de pájaros, animales y leones marinos a los que pintó, aunque luego los decolorara de nuevo. Y un día hasta se anexó California. Y horror de los horroroses: introdujo en Gran Bretaña el tabaco y la papa, pensando que con eso lo harían poco menos que vicealmirante.

Regresó a su país cargado de riquezas que compartió con su jefa. La misma miss Elizabeth Tudor, Isabel I de Inglaterra, subió a su barco y lo armó caballero. Y desde que lo hicieron Sir no aceptaba un Nor por respuesta. Así, bien dotado, al menos en lo que respecta a técnica y barcos, le cayó arriba a los gachupines en medio mundo. Arrasó Portobelo, Cartagena de Indias, Valparaíso, Nombre de Dios y Santo Domingo sin perder la pronunciación de la erre.

Después de todo eso a mí no me extraña que no se hubiera lanzado a conquistar La Habana. O a lanzar un par de bazucasos para jeringar un poco. Teniendo en cuenta que tras la bahía sonaban zetas a diestra y siniestra, y la roña que les tenía a quienes las pronunciaban, no hizo nada por anotarse otros pepes en su colección. Total, si luego los cocinaría en la batalla del Canal de la Mancha, cuando se adelantó a Amado Nervo, e hizo de la Armada Invencible la Armada Inmóvil. Luego murió de fiebres a bordo de su nave corsaria, y lo encorsetaron, lanzándolo al mar como a cualquier deshecho nuclear.

Pero, sin asolarnos, ni asaltarnos, ni desguabinarnos, dejó profunda marca en la Isla. Es posible que intuyera que nosotros nos destoletábamos solitos. Además de instaurar entre las Franciscas el nombre artístico de Francis, nos legó algo mucho más terrible, esa acechanza en el horizonte, amenazante, asfixiante, inaguantable. Y la pésima idea de que todo lo malo nos va a llegar de afuera, cuando el mal no es esa agua azul que nos rodea —la maldita circunstancia, ¿recuerdan?—, sino lo que vive adentro y haciéndose el del silbato bonito y el dedo tieso.

Y lo último, se la puso en la mano a un pirata barbado, con muleta y bastión, que nos asola hace mucho desde atrás de las murallas. Ha usado muy bien el miedo a las fantasmales velas, esas siluetas que él hace creer cortan el horizonte. Cada vez que le aprieta la rótula, la ciudad y el país se despiertan temblando ante el espectro de los corsarios. Y se escuchan, por doquier, las voces temblorosas que dicen: "súbeme ese bloque, Mandrake, que viene Drake", "amasa la argamasa, Tomasa", "mueve la pala, Chelala", "abre otro hueco, Pacheco", "ensancha la zanja, Pachanga".

Y en la trinchera de todas las batallas, el puñetero sentimiento de que somos invencibles; la ronca voz del centinela que dice que si Drake se tira, lo dejamos seco. Mientras hay, cada día, más hombres en el cofre del muerto. Y sin botella de ron.

En la Tortuga sin jicotea,

Ramón

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