El 7 de octubre de ese año llegaron a San Agustín, y los recibió con mucho cariño el gobernador Pedro Menéndez Marqués. Tan cariñoso era, que sin dejarlo quitarse los hábitos o adquirir hábitos nuevos, lo fletó a una misión en Nombre de Dios, sitio cercano, donde recibió la mala noticia de que los indios del lugar —antaño cariñosos— eran ya apóstatas. Es raro ver a un indio apóstata.
Esto se explica: los indios, que habían sido convertidos al cristianismo, abandonaron la nueva fe en cuanto dejaron de recibir ropa nueva. Eso era típico de los indios. La historia recoge lo interesados que eran. Dejaban de recibir alimento y paga y no trabajaban más. No les renovaban lo textil y se volvían animistas y desanimados. Y apóstatas, que es lo peorcito que puede ser un indio.
O el mundo ha cambiado mucho o aquellos mapas de Américo Vespucio eran tan constreñidos que los lugares parecían cercanos, amontonados unos sobre otros. La explicación es de nuevo fácil: "en aquella época la palabra 'Florida' se refería a un territorio vasto y no muy precisamente definido". Ya me siento más tranquilo, y por ello entiendo la inclusión de Baracoa en su poema. Mi memoria musical se activa. Viene Machín cantando aquel himno viajero que reza: "A Baracoa me voy/ aunque no haya carretera".
El Yunque sobrecoge, anuncia, es premonitorio. Cuatrocientos años después todos los cubanos pasaríamos de alguna manera por El Yunque, por un yunque. Y ya se sabe qué relación tendrá El Herrero con La Florida. No ha escrito nada sobre ella, pero hay que ver cómo le ha aumentado la población con su manera de forjar.
Antes de precisar un par de cuatro cosas del poema en sí —imagino cómo se ha de sentir ahora, cuando sin sospecharlo, se siente el primero, el uno— a pesar de que los especialistas han dicho de usted que: "en lo hondo de su alma Escobedo era poeta, poeta con instintos de reportero", cantando y describiendo "con lengua ruda y verso mal limado".
También le acusan los críticos de exceso de adjetivación. Lo dicen claro: "También le gusta a Escobedo acumular adjetivos". En la Cuba de hoy se los hubieran decomisado o estaría trabajando en el diario oficial. No hay como adjetivar para confundir. Aunque en La Florida, se coma un millo de vez en cuando, dando zapato por liendre con esa visión suya, tan fraydilenta.
No sé remando, pero rimando no vale usted un pepino. Acierta en algunos casos, y en otros le resbala la mandarina, apurado y sin inspirarse mucho. Por eso abusa usted al rimar Oriente con Occidente, que es malísimo, porque no son la misma cosa, y en la lectura actual se mezclan consideraciones que, claro, no tuvo usted en cuenta.
Si equipara Oriente con Occidente comete desliz geográfico y económico, y da sobrada justificación a los orientales para irse al otro lado, costumbre extendida y habitual. Los de Occidente, en cambio, no le perdonarán haberlos puesto a la par de los de Oriente ni en rima. Eso me hace pensar en los verdaderos motivos de su viaje a Las Américas.
Como en España, el taller literario Siglo de Oro se estaba poniendo difícil para sobresalir, con tanto Góngora, contundentes Cervantes, Quevedos zahirientes, inalcanzables López de Vega, y al comprender que su bagaje no le daba para iniciar una égloga, una buena égloga macha, se dijo que había que buscar sitios de menos competencia y con más holgura editorial.
Y al final lo logró, aunque realmente, si uno le quita las aburridas tabarras de su doctrina con las que adormecía a los pobres indios —empeñados en quedar bien en la emulación de las Altas Culturas—, su poema nos es útil casi únicamente como manual histórico, crónica de costumbres, indicador de turismo, y clarísima advertencia de que si se come casabe sin beber, se muere atorao. |