Claro que tiene sus contratiempos. Imagine que en la guía de un crucero aparezca esta visión de Baracoa: "Guayaba vi infinita, que madura,/ es su comer dulcísimo y sabroso;/ y plátanos maduros de dulzura/ que tienen el sabor maravilloso;/ y piñas, cual de pino su figura,/ que quien las come queda tan gustoso/ que de fruta el sabor más regalado/ dejará de comer este bocado". O esta otra ilustración: "No se gasta dinero en el camino,/ en todas partes da buena comida,/ nunca falta ternera de contino/ que comerla en verano da la vida".
No la pasaría bien usted, como autor de ese texto promocional si los viajeros recalan en el sitio y no ven lo que en manjares promete. ¿Cómo explicarles pues que uno de Oriente se fue a Occidente y, posesionado sobre Madre Natura, en su desmadre, acabó con la quinta y con los mangos? La compañía de cruceros quebraría con tantas reclamaciones.
Le perdono que no hable del Fuerte Matachín o del Hotel de la rusa, que fueron posteriores aditamentos, pero que me describa tal profusión de naranjales, y que mencione cidras y toronjas a tutiplén, ya me pone a dudar si estaba en Baracoa o en Jagüey Grande. Menciona de pasada, y con cierto enfado, la muy indígena costumbre del fornicio con cuanta mujer le cayera en la hamaca al indio bravo. Pero no alaba la belleza de la dama baracoesa, ni menciona que beber agua del Toa lo condena a volver eternamente.
Su relato de cómo se fabrica el casabe —cazabe en su idioma ceceante— me lo hace un hábil observador. Si alguien intenta hacer casabe con su magistral receta le saldrán unos perfectos ejemplares de gaceñiga, doradita y perfumada, y el empacho hubiera acabado mucho antes con taínos y siboneyes. Así mismo se atreve a describir cómo los jinetes salen a cazar ganado vacuno. Toda una hermosura poética que a los actuales habitantes de la zona les resulta ciencia ficción de la buena, ya no se acuerdan de las vacas ni en silueta.
Y se dedica a asombrarse con ligero encono de que "aquella gente isleña miseranda" adore cualquier cosa, desde una tatagua hasta la luna. E incluso, cómo honran al demonio, tal vez para mantenerle alejado. Le llevan ofrendas y le obedecen. Si usted regresara ahora mismo a Cuba observaría que la costumbre, en lo principal, no ha variado. Aunque sea difícil ver tataguas.
Yo le agradezco el sobresalto, aunque ahora mi pueblo quede en segundo plano, y Baracoa resurja con sus indios que marchaban alegremente al suicidio, y esas caguamas que desovaban, también alegres. Como casi se extinguieron ambos, al menos sé dónde los puedo encontrar, entre la arena y la cabuya, en La Florida, que es hallazgo y meta. Y me quedan resonando estos versículos suyos, de fray turístico, que dicen:
"Cuando la varia Diosa levantare/ al hombre en lo más alto de la luna,/ debe temer, y es justo que repare/ por ser siempre mudable la fortuna;/ el que con sus favores se elevare,/ no haga de él ni dellos cuenta alguna;/ pues suélela que los goza, si es tirano,/ quitárselos, y al justo dar la mano".
Eso, en latín moderno y cubano se dice: ¡A cada aguacate le llega su ventolera! ¡Aguacates! ¡Como los que halló en Baracoa!
Florido y frutal,
Ramón |