www.cubaencuentro.com Viernes, 09 de septiembre de 2005

 
  Parte 1/2
 
Retrato del ministro adolescente
Abel Prieto, el que más sabe en Cuba sobre libros malos (por experiencia propia).
por ENRISCO, Nueva Jersey
 

Abel Prieto ha arribado a la flor de la edad, la cincuentena, como el dios Jano, bifronte, con la cabeza mitad chea (la de alante), mitad pepilla (la de atrás), conformando un modelo de peinado que hace parecer a Oswaldo Payá un top model. No mencionaría ese detalle si no simbolizara dimensiones más profundas de su personalidad y su quehacer como ministro-escritor.

A. Prieto

Hay que reconocer que en su doble condición hizo el bien mientras pudo. Como ministro, daba declaraciones que pueden resumirse en esta: "la cultura cubana es una sola". Como escritor, se consagró en un género desde el cual realizó el mayor aporte que ningún escritor de su generación haya hecho a la cultura cubana. Me refiero al difícil género de la firma de permisos de salida. Gracias a estos, miles de artistas han podido continuar sus carreras en cualquier parte del mundo que reclamara el concurso de sus modestos esfuerzos —o donde lo simulara la carta de invitación falsificada—.

(No hay en este elogio ningún interés personal: antes de salir yo trabajaba en el cementerio de Colón, el cual dependía de Servicios Comunales, que, a su vez, dependía del Poder Popular. De manera que si a alguien debo agradecer mi salida es a Ricardo Alarcón).

Hubo una época en que al ministro-escritor se le perdonó todo, incluso las pulgadas de estatura que le sacaba al Comandante, siempre y cuando en las fotos en que aparecieran juntos estuviera parado un escalón más abajo.

Pero eso era antes. Ahora, haciendo honor a la parte delantera de su peinado, el ministro se ha dedicado a hacer declaraciones enérgicas. De modo que ahora la cultura cubana sigue siendo una sola, pero si alguien queda afuera es porque es agente de la CIA. El ministro también ha dicho que los disidentes detenidos en 2003 eran agentes de la Oficina de Intereses norteamericana y que, después de todo, han salido bien porque en otro país habrían aparecido muertos en una cuneta. Que yo sepa no hay ningún país que se dedique a llenar cunetas con agentes norteamericanos.

Una conocida ley física afirma que: a) si una persona es agente de los norteamericanos ningún gobierno lo dejará caer muerto en una cuneta, b) la capacidad de caer muerto en una cuneta es razón suficiente para demostrar que no es agente norteamericano. Luego, si los presos cubanos son, según la lógica del ministro, cuneteables, definitivamente deben ser opositores por cuenta propia. Y si en Cuba no le dan licencia a los payasos, ¡qué pueden esperar los opositores! Yo, personalmente, si fuera payaso en Cuba, nunca me acercaría a una cuneta.

Pero ese no es el principal problema de nuestro ministro-escritor. El problema es que quiere convencer a media humanidad que si en Cuba hay algún tipo de censura (y con la que él estaría de acuerdo), es la censura estética. Si en Cuba no se le publica a alguien, no es por causas políticas sino porque escribe mal. Si no se publica a Cabrera Infante, es porque él no lo permitió, y si no se dio oficialmente la noticia de su muerte, es porque Infante le vendió a las agencias de prensa capitalistas el copyright de su fallecimiento.

Sin guantes y sin vaselina

La declaración de que la censura en la Isla es sólo estética, merece un estudio. Porque sucede que, además de su labor como firmante de permisos de salida, el ministro también ha escrito una novela, El vuelo del gato. Sospecho que soy uno de los pocos seres en este planeta (incluyo aquí a cualquier especie) que se la ha leído completa. Una tortuosa obligación académica es lo único que puedo aducir en mi defensa.

Para hacerle entender al amigo lector las sensaciones que me provocó la lectura de El vuelo del gato, no encuentro nada más apropiado que la diferencia de esta con un examen de la próstata: los guantes y la vaselina. Las líneas que siguen intentan examinar el fondo de la novela del ministro, o, diciéndolo poéticamente, de palpar la próstata de su texto.

Haciendo honor a la parte posterior del pelado del ministro, no podía tratarse de otra cosa que de una historia de adolescentes. Adolescentes eternos, de esos que llegan a los 50 años con la misma bobería del preuniversitario. De esos a los que cuatro décadas no les sirven para aprender nada, porque todo el cerebro lo tienen ocupado con los nombretes de sus condiscípulos del pre.

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