www.cubaencuentro.com Miércoles, 15 de diciembre de 2004

 
  Parte 2/2
 
La excepción caribeña
Mientras República Dominicana y Puerto Rico hacen las paces con el pasado, Cuba continúa a la zaga.
por MARIFELI PéREZ-STABLE, Washington
 

Pasar la página

Como Anastasio Somoza en Nicaragua, Trujillo gobernó la República Dominicana como si fuera un sultán, desdibujando con mucha efectividad las fronteras entre el tesoro público y el propio. El nacionalismo, el orden y el progreso constituyeron su trípode. Sin embargo, los dominicanos generalmente se han sublevado más contra Haití que contra Estados Unidos. En 1937, el generalísimo fomentó despiadadamente estos sentimientos al masacrar a 18.000 haitianos que habían "ocupado" cierto territorio en el lado dominicano de la frontera. En 1961, el dictador fue asesinado.

A. A. Vila
Aníbal Acevedo Vila, nuevo gobernador de Puerto Rico.

En el naciente siglo XXI, tanto Puerto Rico como la República Dominicana hace rato que dejaron atrás sus pasados. El primero continúa siendo un Estado Asociado. Aunque desde finales de los sesenta fuerzas que abogan por un Estado independiente han ganado mucho terreno, no parece que vaya a darse un cambio en el status actual: los puertorriqueños no desean la independencia y Estados Unidos no quiere realmente darle la bienvenida a la Isla como miembro de la Unión. Puerto Rico está permanentemente —si bien de una manera indeterminada— unido a Estados Unidos.

A mediados de los noventa, parecía que la República Dominicana había pasado página. Las reformas institucionales y electorales habían fortalecido la democracia. Durante el gobierno de Leonel Fernández (1996-2000), el país fue gobernado con justeza y la economía fue bien administrada. Si bien Hipólito Mejía (2000-2004) volvió a imponer los rigores del pasado, la posibilidad de una nueva presidencia de Fernández constituye una renovada fuente de esperanza. Además, República Dominicana está decidida a integrar el Acuerdo de Libre Comercio entre Estados Unidos y Centroamérica.

Y falta Cuba.

Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y Cuba hubieran podido normalizar relaciones sin cambiar el orden político interno de la Isla. Si La Habana hubiera emprendido un sano programa de reestructuración económica a principios de los noventa, el embargo impuesto por Estados Unidos muy bien podría haber pasado ya a la historia.

Ahora, una transición hacia la democracia —que se sitúa, en primer lugar, en interés del pueblo cubano— parece ser el camino más seguro hacia la normalización. Bajo Castro, o bajo un régimen sucesorio que persista, con obstinación, en gobernar como él, Cuba continuará a la zaga.

Sólo cuando los líderes políticos cubanos asuman la cercanía geográfica con Estados Unidos como un bien nacional, Cuba será capaz de recuperar el tiempo perdido y hacer las paces con su pasado.

Cuanto antes seamos capaces nosotros —la diáspora cubana en Estados Unidos— de lograr lo mejor para el pueblo cubano en estos momentos, más fácil será la futura normalización. Somos el puente indispensable entre Cuba y Estados Unidos. Depende de nosotros si lo andamos para bien o para mal.

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