Cuando Bush llegó a la presidencia —antes de los hechos del 11 de septiembre de 2001— su prioridad era la construcción de ese escudo antimisiles, capaz de encerrar a EE UU en un caparazón antinuclear que brindaría la invulnerabilidad total a la única superpotencia sobreviviente, tras años de una carrera armamentista, que en más de una ocasión colocó al planeta al borde del exterminio.
Los atentados contra las Torres Gemelas en Nueva York y el edificio del Pentágono en Washington indicaron a las claras que la estrategia militar y política adoptada por la Casa Blanca era errónea. Con un mínimo de recursos —y utilizando como arma un simple medio de transporte comercial— se podía infligir un enorme daño a este país, siempre y cuando existiera la voluntad de provocar el terror a cualquier precio: atacar sus símbolos más visibles del poder económico y militar.
En lo adelante, la lucha había que desarrollarla en otro terreno, más simple y complejo al mismo tiempo: reducirla a la confrontación con individuos, grupos y organizaciones que no se limitaban a un país o a un imperio, sino que formaban parte de una red internacional con vínculos muy amplios, donde cada cual podía actuar —o permanecer a la espera por años— mientras habitaba en las mismas ciudades que odiaba y quería destruir.
Si la flamante consejera de Seguridad Nacional había enfatizado, al comienzo del mandato de Bush, que "la 82º división de paracaidistas no había sido creada para llevar a las guarderías a los niños de Bosnia y Kosovo", ahora las fuerzas norteamericanas tendrían que actuar persiguiendo a delincuentes empeñados en asesinar a inocentes norteamericanos.
El "mal" como algo ajeno
En vez de adaptar su estrategia a los hechos, la administración Bush hizo lo contrario: recurrió a la distorsión para que los hechos entraran en su estrategia. Consideró a las "amenazas asimétricas" —referidas a los objetivos militares no convencionales, de las cuales el ejemplo más claro son las organizaciones terroristas— como si se tratara de potencias enemigas. Recurrió a la vieja creencia norteamericana de considerar el "mal" como algo ajeno, fuera de sus fronteras.
No tuvo graves problemas en convencer al resto del mundo de la necesidad de invadir a Afganistán. En resumidas cuentas, el régimen imperante en esa nación era repudiado por el mundo civilizado. Había dado refugio a Osama Bin Laden, destruía monumentos históricos y maltrataba a las mujeres. Pero la caída del régimen talibán y la fallida captura de Bin Laden no fueron más que un desvío del objetivo primordial: declarar una guerra contra algo concreto y no elusivo como un grupo terrorista; atacar a un país, un ejército y un tirano; conquistar un territorio, derrocar una dictadura, cambiar la vida de millones de personas. Realizar, en resumidas cuentas, una exhibición de poder que devolviera al norteamericano promedio la convicción de que su patria era nuevamente poderosa, temida e invencible.
Se sigue argumentando que Bush nos llevó a una guerra bajo una premisa falsa, que en Irak no existían armas de exterminio masivo y que Sadam no tuvo nada que ver con el 9/11. Es cierto. Pero quienes repiten a diario estas afirmaciones —empezando por Kerry— son cómplices de la hipocresía que caracteriza a la sociedad norteamericana. Creímos lo que quisimos creer. Si salió a reducir la amenaza nuclear fue no sólo por los intentos anteriores de Sadam de obtenerlas, sino por la necesidad elemental de volver a la "tranquilidad" existente durante la época de la Guerra Fría.
Lo aterrador no es que existan varias naciones con armas capaces de volar al mundo. Estamos acostumbrados a vivir bajo ese peligro. Lo que resulta inquietante —a un grado insoportable— es que hayan sueltos por el mundo individuos capaces de secuestrar un avión y estrellarlo contra un edificio.
Es por eso que las denuncias sobre las mentiras, acerca del poderío militar de Sadam, han hecho sólo una mella relativa en el electorado. Ahora que finalmente Kerry se ha lanzado a acusar a Bush de ser un mal comandante en jefe —un gobernante que no ha sabido resolver la crisis iraquí— y empezado a venderse como tipo duro y resuelto, es que ha comenzado a ganar puntos en las encuestas. Si el presidente pierde la reelección es por inepto, no por mentiroso. |