Los motivos de la guerra
La situación en Irak es la clave en este proceso electoral. No sólo porque ejemplifica la actitud de la administración Bush hacia el resto del mundo, sino porque está definiendo el siglo que apenas comienza. Las similitudes y diferencias entre este conflicto y la guerra Hispano-Americana de finales del siglo XIX no han sido señaladas: la brevedad de la campaña en lo referido a los principales combates, el poderío tecnológico-militar que rápidamente inclina la balanza, los debates en el Congreso, la manipulación de la opinión pública y, tras la victoria breve, la adaptación a una situación no anticipada, el brote de un sentimiento antiimperialista en las poblaciones liberadas y una larga campaña —en el caso de Filipinas— entre los pobladores y el ejército de ocupación.
Si en la actualidad ocupan tanto espacio en la prensa los motivos que llevaron a la guerra, es porque todo ha salido mal. De lo contrario, a pocos interesaría conocer la verdad sobre la capacidad bélica de Sadam.
La estrategia que en la actualidad utiliza el gobierno de Bush en Irak está condenada al fracaso por una razón fundamental: no es nueva, ya se empleó una vez y no sirvió. Con sus bombardeos aéreos sobre los reductos de insurgencia en las ciudades iraquíes, los norteamericanos no hacen más que repetir lo ensayado por los ingleses tras el desmembramiento del Imperio Otomano —luego de la Primera Guerra Mundial—, cuando se apropiaron de ese territorio árabe.
El interés primordial es amedrentar, hacer saber que cuentan con el poderío suficiente para barrer el país. La conclusión es que lo que no resultó para Gran Bretaña, no funcionará igualmente para Norteamérica. Pero al confiar en las bombas lanzadas desde el aire, se evitan las inevitables bajas de los combates en tierra. Sólo que los insurgentes cuentan con una respuesta: el terrorismo, la matanza indiscriminada de inocentes. Ambas bombas —las que caen del cielo y las que estallan en vehículos en las calles— siembran la muerte entre los civiles. Son dos manifestaciones de la irracionalidad de un conflicto que genera dolor y caos.
Más cifras
Un estudio de la cadena de periódicos Knight Ridder encontró que las operaciones de las fuerzas estadounidenses y multinacionales, y de la policía iraquí, han matado el doble de iraquíes, en su mayoría civiles, que los ataques de los insurgentes. La investigación se realizó con datos suministrados por el Ministerio de Salubridad en Irak. De acuerdo a estas cifras, el gobierno interino iraquí registró 3.487 muertes de iraquíes en 15 de las 18 provincias del país, entre el 5 de abril —cuando se empezaron a recoger los datos— y el 19 de septiembre. De esos muertos, 328 eran mujeres y niños. El ministerio también informó de 13.720 heridos.
Aunque se cree que la mayoría de los muertos son civiles, las cifras incluyen un número desconocido de policías y miembros de la guardia nacional iraquí. Muchas muertes, especialmente de insurgentes, nunca se informan, lo que hace temer que la cifra verdadera de caídos en combate sea mucho mayor. Según los propios funcionarios de Irak, las estadísticas demuestran que en los ataques aéreos de EE UU, cuyo objetivo son los insurgentes, también mueren un gran número de civiles inocentes.
Incluso un gobierno imperialista como el de Bush no tiene interés en perpetuar una ocupación colonialista en Irak. EE UU nunca ha intentado repetir el modelo del imperio británico. No existe tampoco la intención malsana de asesinar indiscriminadamente a mujeres y niños. Pero para las familias que han perdido a sus seres queridos, el resultado es el mismo.
La versión más cínica de lo que ocurre en Irak es que EE UU ha logrado apartar el caos de su territorio, situándolo en el exterior: terroristas de otras partes del mundo se han trasladado al país árabe y amenazan la existencia del ciudadano común, pero este esfuerzo deja a salvo las ciudades norteamericanas.
Además de lo inmoral de la idea —con otro matiz Bush la ha formulado, al afirmar que el conflicto exterior salvaguarda la seguridad nacional—, que exige la necesidad de una periferia de horror para lograr la seguridad doméstica —de forma similar a que la existencia de la esclavitud permitía la grandeza señorial de las mansiones en el sur de EE UU y Cuba—, es poco probable que este "muro de contención" sobreviva mucho tiempo.
Luego del 9/11, el espectador norteamericano sabe que el horror del terrorismo ya nunca más le será ajeno. Con su torpeza característica en el empleo de las palabras, Bush ha señalado que la rápida ocupación de Irak fue un "éxito catastrófico"; es decir, que la victoria alcanzada en poco tiempo llevó a que no se contara con los recursos suficientes para asumir el control del país, lo que condujo a los saqueos iniciales y a la inestabilidad aún imperante. En realidad, lo que ocurre en Irak es todo lo contrario: un fracaso catastrófico. |