A diferencia de la mayoría de los países latinoamericanos, en los que los gobiernos y el sector privado han abrazado el libre comercio, Brasil todavía no ha dado ese paso. Pero si consigue lo que pretende —con el ALCA y el acuerdo Unión Europea-Mercosur—, probablemente daría un gran impulso a la economía de ese país. Es cierto que resultarían imprescindibles unas políticas sociales serias, pero el libre comercio bien pudiera ser el ímpetu necesario para el desarrollo sostenible que tanto ha eludido a Brasil. La activa política exterior de Lula hasta ahora se ha quedado corta en este sentido.
Además, Brasil ha montado una agresiva campaña para convertirse en miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, que podría ampliarse en un futuro. Junto a Alemania, Japón e India, es el candidato más importante. El gobierno de Lula fue el primero en tomar la iniciativa para unir fuerzas en el G-4 y presionar por la admisión de estos cuatro Estados.
Gran Bretaña, Francia, Rusia y China le han apoyado. Y si bien Estados Unidos no ha hecho lo mismo, el anterior secretario de Estado, Colin Powell, sí reconoció en octubre pasado que "sería un serio candidato".
El liderazgo que Brasil desempeñó en la misión de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz en Haití y el reciente anuncio de que las deudas atrasadas con esta organización serían abonadas, ponen de relieve la importancia que este país le concede a su puja por hacerse miembro permanente en el Consejo de Seguridad.
Jugador en equipo
Asimismo, Lula está intentando encontrar el justo equilibrio con sus vecinos latinoamericanos. México y Argentina aún deben renunciar a sus aspiraciones en las Naciones Unidas o aceptar el liderazgo "natural" de Brasil. En Venezuela, Lula presionó a Hugo Chávez para que entendiera la importancia de celebrar el referéndum del pasado agosto, y aunque suspicaz al principio sobre el Plan Colombia, ahora coopera con Álvaro Uribe a fin de evitar enfrentamientos fronterizos con las guerrillas colombianas.
Su historia de haber viajado de la pobreza al poder, sus genuinas (aunque menos entusiastas actualmente) credenciales izquierdistas y su sólido desempeño en el cargo, hacen de Lula un baluarte de la democracia en América Latina. Afortunadamente, Estados Unidos ha reconocido su peso en la estabilidad regional y ha seguido una política matizada hacia Brasil.
En junio pasado, The Economist señalaba que Brasil debía decidir si era un jugador en equipo para América Latina o una ballena con el poder de actuar en solitario. A lo que Celso Amorím, el ministro brasileño de Asuntos Exteriores, respondió que las ballenas eran, de hecho, "animales gregarios".
Pero todavía no hay nada decidido sobre el activismo regional e internacional de Brasil. Lula no ha logrado encontrar los medios —o la voluntad— para traducir su impresionante política exterior en mejoras tangibles para su pueblo. |