No hay verdad sin fe, dijo San Agustín cuando todavía era posible decirlo. Más tarde resultó que no hubo fe sin verdad. Y ahora, por lo que parece, no hay verdad ni fe. Como no sean la verdad que se impone a la cañona y la fe que se finge.
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| Primero de mayo en La Habana o el cuento de la Buena Pipa. |
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Conclusión amarga, y hasta cínica, pero irrecusable, en tanto nos asalta a cada minuto en las imágenes de los noticiarios o en las palabras de los analistas, los expertos, los generales, los líderes, los presidentes, los políticos todos.
Verdad y fe conforman hoy el clásico papalote empinado con hilo negro a las doce de la noche: no están a la vista. Sólo nos queda deducir su existencia a través de las pantomimas de quienes le imponen altura, con la complicidad digamos que del viento.
Una guerra arranca la vida a miles de personas y hace arder reliquias de la cultura. Quienes la organizaron, contra todo llamado al buen juicio, explican que era imprescindible, impostergable, para acabar con un salvaje homicida, cuyas armas constituyen amenaza para el planeta. Bingo. Pero sucede que la guerra terminó, y el homicida, o su sombra, se mantienen en pie, mientras que las armas si las vi no me acuerdo. Así es que el mundo deberá consolarse con otra verdad, la sustituta, porque también ellas son como las matriushkas: siempre es posible acomodarlas unas dentro de las otras. Ahora, pues, se explica que fue una guerra rápida, con un mínimo de bajas. Aunque no queda claro si el término "baja" significa humano muerto o solamente soldado de uno de los ejércitos que ya no está disponible para nuevas contiendas.
En fin, apartando las pérdidas, el mundo está en las mismas. Y entre lo que se calla y lo que se dice a medias, resulta cada vez más complicado distinguir cuánto hay de verdad concreta y cuánto de croqueta.
Habas se cuecen también en nuestra Isla. El principio que afirma el carácter de la verdad, según los propios marxistas, es el de tener presente las condiciones reales de lugar y tiempo en que se emite. Lo contrario es manifestarse mediante conceptos y fórmulas de plomo, inamovibles, es culto al dogma, al ladrillo que no admite discusión ni desavenencia. Y esto, ni más ni menos, es lo que está sucediendo aquí cuando en virtud de una atmósfera de guerra, mucho más croqueta que concreta, se repiten acusaciones y consignas trasnochadas. Porque, a la verdad, vista desde un prisma objetivo, la perspectiva de un ataque directo de los ejércitos estadounidenses contra la Isla resulta tan improcedente, e inútil, como descabellada en términos de estrategia, aun para la torpe administración Bush. Y por otro lado, mueve a risa, por insulso, el argumento de que la oposición interna está compuesta no más que por mercenarios que conspiran contra la independencia y/o la integridad del país. Volver con el mismo machaqueo a estas alturas es actuar como aquel visionario que era menos que ciego porque no sólo no veía lo real, sino que lo suplantaba. O es, en el más patético de los casos, contar otra vez el cuento de la Buena Pipa, tal como ahora lo cuentan los oligarcas de la cultura nacional en forma de cartas "para amigos que están lejos". |