www.cubaencuentro.com Lunes, 09 de junio de 2003

 
   
 
La desilusión de los amigos y la impotencia de los ángeles
Desesperado ante el rechazo internacional a la represión, el Gobierno empuja a sus cantores a justificar lo injustificable.
por LEONARDO CALVO CáRDENAS, La Habana
 

Por estos días, Cuba es noticia nuevamente. Su Gobierno vuelve a desechar una amplia gama de opciones legales para optar por la pena de muerte, supuestamente destinada a prevenir acciones de peligrosas consecuencias. El fusilamiento de tres ciudadanos a menos de una semana de la celebración del juicio en primera instancia, acusados de secuestrar una embarcación de pasajeros con la intención de
Silvio Rodríguez
Cantautor Silvio Rodríguez, diputado de la llamada Asamblea Nacional del Poder Popular.
desviarla hacia Estados Unidos, rompió una moratoria de ejecuciones de tres años, motivó una ola de rechazo —no tan silenciosa esta vez— en la población cubana y provocó una generalizada condena internacional, nunca antes vista e impensada hasta para los más aguzados analistas.

Cuando ya está más que reconocida la inviabilidad de la pena capital como medida de compensación o disuasión preventiva, el Gobierno cubano la utiliza contra personas cuyos actos ni siquiera han provocado víctimas y, según las propias argumentaciones oficiales, como medio de evitar futuros actos de la misma connotación. La desproporción y el desafuero parecen no tener límites. El asunto se torna más grave por cuanto este acto sienta el precedente de que en Cuba la pena máxima puede ser aplicada por un interés político coyuntural, aun cuando ni con mucho alcance las motivaciones tradicionales, hoy desfasadas en la cultura occidental.

La impresentable justificación de las autoridades cubanas —que como siempre desconocen causas objetivas y responsabilidades propias— se hace más insostenible puesto que el actual Gobierno practicaba las ejecuciones aun antes de llegar al poder. La llamada "Ley 2 de la Sierra Maestra", de 1958, "condenaba" a fusilamiento a los que se postularan como candidatos a las elecciones celebradas en Cuba dos meses antes de triunfar la revolución. Es difícil explicarse por qué si más de cuarenta años aplicando la pena de muerte no han evitado las manifestaciones de rechazo o rebeldía, en esta ocasión la medida podría tener tal efecto. 

Las graves connotaciones humanas y políticas del caso, así como lo desproporcionado y peligroso de la medida adoptada, han provocado una fuerte y extendida reacción condenatoria de numerosas personalidades e instituciones políticas e intelectuales del mundo entero, que después de sostener estrechos vínculos y compromisos con lo que conocían como "Revolución Cubana" aceptaban los deslices y deficiencias del régimen a cuenta de su rechazo a los diseños norteamericanos y su sostenida esperanza en una transformación positiva y concertada del modelo. 

Todos estos tradicionales "amigos de Cuba", a los que no puede acusarse de coincidir con los intereses imperialistas, protagonizan una colosal oleada de repulsa que ha llegado en muchos casos a la ruptura definitiva con el régimen.

Para La Habana, las personalidades e instituciones que hoy impugnan las ejecuciones de marras son confundidos o desinformados a los que hay que explicar la pertinencia y justeza de tan inesperada decisión. En su distanciamiento del mundo y la realidad, el Gobierno cubano pierde de vista que el rechazo a la pena de muerte es un problema cultural y de conciencia, por lo que ningún interés político puede siquiera influir en el ánimo y la percepción de los convencidos.

En uno de los episodios derivados de esta todavía increíble tragedia, el Gobierno, en su desesperada reacción ante el rechazo internacional generalizado, ha empujado a renombrados artistas e intelectuales cubanos al ejercicio estéril y denigrante de argumentar a sus colegas foráneos sobre lo necesario y factible de los fusilamientos.

Uno de los famosos embarcados en la tan poco reconfortante misión, el destacado cantautor Silvio Rodríguez —otrora crítico inconforme y hoy diputado incondicional— compuso, hace poco, una estremecedora canción —pareciera que ya no tiene nada que decir— en la cual, con su inconfundible poesía, describe y lamenta los esfuerzos desesperados e infructuosos de conmovidos ángeles para conjurar las catástrofes humanas que han enlutado el último siglo. Esa noche de abril en que la muerte innecesaria y la crueldad injustificable se enseñorearon de la nación cubana, los amigos históricos de la revolución vieron desvanecerse su última esperanza, los arcángeles sensibles volvieron a llorar su recurrente impotencia y el diputado trovador, como el malo de su propia canción, fue otra vez incapaz de mirar al cielo.

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