En tercer lugar, y analizando el aspecto político, las posiciones de Castro y Lula son cada vez más distantes. Comenzando por el hecho de que el brasileño siempre ha manifestado la necesidad de crear un partido político en el seno de la sociedad multipartidista y democrática, por la vía de elecciones libres, mientras Castro es un totalitario declarado y convicto, defensor de la dictadura del proletariado como método político de implantar la justicia social que nunca llega.
En Cuba existen, por lo menos, dos corrientes opositoras que trabajan el mismo espectro político que el partido brasileño de Lula. Son las agrupaciones formadas alrededor del opositor Cuesta Morúa y su Mesa de Diálogo, y del líder Vladimiro Roca, con su Partido Socialdemócrata de Cuba. Ambas organizaciones están afiliadas a la Internacional Socialista, que próximamente celebrará en Brasil su Congreso mundial. El presidente brasileño será propuesto como líder de esa institución, para lo cual ya comenzaron las gestiones por parte del ex primer ministro portugués Mario Soares, actual presidente ejecutivo de esa Internacional.
De esta manera, Lula está más cerca —políticamente— de la oposición de izquierda cubana que del partido único comunista, el cual lleva adelante una línea política retrógrada y dictatorial, rechazada tanto por el PT como por Lula, cada vez que se refiere al caso cubano.
En cuarto lugar, hay que decir que Lula lleva a La Habana una ayuda, en forma de créditos, por un valor cercano a los 400 millones de dólares. Estos créditos son vistos por el mundo en general —y por la oposición cubana en particular— como un intento de inyectar dinero fresco en la exhausta economía de la Isla y ayudar a su amigo en crisis. Posiblemente, la única manera de poder recuperar este desembolso en un futuro pos Castro, es reconociendo ahora la personalidad política de la oposición cubana, sin lo cual resulta absolutamente claro que será un dinero perdido en caso de un cambio radical de gobierno.
En quinto lugar, el presidente brasileño, durante su visita a Estados Unidos, sostendrá reuniones con miembros de la sociedad civil norteamericana, sobre todo con integrantes de las uniones sindicales no oficiales de ese país. Razón de sobra por la que no deben existir pretextos para no hacer similar cosa en su visita a Cuba.
El canciller brasileño Celso Amorín ha insistido que la visita de Lula tendrá un carácter amplio, cubriendo el espectro de los derechos humanos, para lo cual —según el ministro— lo importante es no aislar al país. Por tanto, la visita resultaría contradictoria sin una contrapartida pública y evidente de compromiso brasileño contra las violaciones de los derechos humanos en la Isla, sobre todo en lo referente a los prisioneros políticos, sometidos a tratos crueles e inhumanos. Declaraciones recientes de Amorín inducen a pensar que el contacto con la oposición podría producirse por parte de funcionarios brasileños de menor rango, lo cual dejaría mucho que desear.
Sin una atención adecuada de Lula hacia la sociedad civil cubana, no podrá decirse que se realizó una vista a la Isla, sino más bien una visita a su amigo Castro para ayudarle financieramente. Difícilmente Brasil podrá justificar tal colaboración económica, si la sociedad civil no se beneficia también del diálogo.
En sexto lugar —y ahora desde el punto de vista ético—, resulta altamente contrastante que un presidente que no accedió al pedido oficial del gobierno colombiano para declarar a los guerrilleros de las FAR como terroristas, aduciendo la posible mediación del Brasil en el conflicto interno colombiano, se niegue ahora a recibir a los opositores pacíficos cubanos (no guerrilleros), alegando que el gobierno cubano no lo permitió. Si dijo "no" a un pedido oficial de Colombia, puede perfectamente también decir lo mismo a una solicitud de La Habana en tal sentido. Adicionalmente, el Brasil comandado por Lula no dudó un momento en mediar para una solución pacífica en Venezuela, país donde existieron incomprensiones de una de las partes.
No hay razones convincentes para que la delegación brasileña visite La Habana sólo para reunirse con la cúpula gobernante. En este viaje, Lula da Silva se juega el prestigio de varios años de lucha como sindicalista independiente, defensor de los derechos humanos y de la vida. |