Muchos intelectuales y políticos honestos del exilio cubano piensan que el tema del embargo no debe colocarse en un primer plano del debate. Piensan que el problema fundamental de Cuba es la falta de libertad civil, económica y política de una ciudadanía cada vez más harta del régimen totalitario que la gobierna. Piensan que otorgarle demasiada importancia al embargo —una política que ellos mismos consideran ineficiente y coyuntural— es "hacerle el juego" a Fidel Castro.
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| Oposición diezmada: ¿Daño colateral del embargo? |
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No sé si se percatan de que ese razonamiento reproduce especularmente la mentalidad totalitaria de quienes, desde La Habana oficial, demandan silenciar la crítica para no regalar argumentos al enemigo o se afanan en imponer el "tabú" de que la dictadura de Fidel Castro es un tema secundario, que lo único importante es la defensa de la soberanía nacional. En política, ningún "tabú" es sano, de ahí que la crítica del embargo sea tan necesaria como la crítica del castrismo.
Es cierto que el embargo y el castrismo no son fenómenos equivalentes. El primero es una sanción unilateral, que forma parte de la política exterior de un Estado democrático y una potencia hegemónica. El segundo es la concentración de todo el poder de un pequeño país del Caribe en una misma persona: un principio dictatorial de gobierno que niega las leyes elementales, ya no de un régimen democrático sino de uno republicano, y que determina la ausencia de derechos políticos de una ciudadanía aislada y desinformada.
Aun así, es indispensable la crítica paralela de ambos fenómenos. ¿Por qué? Por una razón que, al parecer, se comprende mejor desde México o cualquier ciudad latinoamericana que desde Miami: el régimen de Fidel Castro se alimenta de una simbología autoritaria y mesiánica, basada en el enfrentamiento con Estados Unidos. Esa simbología es la que garantiza que hoy por hoy, en una fase tan decadente y represiva de dicho régimen, los gobiernos latinoamericanos sean sus aliados. El embargo es una pieza clave de esa confrontación simbólica, ya que su principal defensor —la clase política cubanoamericana— es el actor externo más visible de la oposición, el rival histórico del gobierno cubano. |