Por lo demás, cualquier otro intento de paridad entre el Cuerpo de Voluntarios y las masas populares de la Isla resulta cuando menos un despropósito. Ni la gente de aquí es movida por resortes tan simples y fácilmente identificables como el de los Voluntarios, ni aquéllos integraban un conglomerado tan heterogéneo y complejo como el nuestro. Aquéllos eran realmente voluntarios, en tanto la voluntariedad de éstos está repleta de matices y de subterfugios. Y ni a unos ni a otros es atinado catalogarles de traidores. A unos, porque eran españoles y, como tales, servían a los intereses de su país colonialista. A otros, porque el único calificativo que les pega es el de víctimas.
No soy político, más bien detesto la política, y si escribo sobre temas que se le acercan es porque no tengo alternativas, por vivir dentro de un sistema totalitario donde todos los aspectos de la vida han sido abusadora, abrumadoramente politizados. Pero tampoco es necesario ser político para comprender el error garrafal que en política representa acusar indiscriminadamente a las masas populares, amenazarlas incluso, insinuando, como insinúa este artículo, la conveniencia de que sea injuiciada en su momento: "Otra característica definitoria de un 'voluntario' —dice— es su confianza en que nadie logrará llevarlo nunca frente a la justicia. Al menos, esa es la lección que nos ofrece la Historia. Ocultos en el anonimato, disueltos en la masa amorfa de lo 'voluntario' —cantidad sin límite y, paradójicamente, definida por lo 'involuntario'—, los Voluntarios se amparan en la grisura de su condición y escapan, efectivamente, de la justicia".
Aquí habría que acudir a otra verdad de Perogrullo, la que especifica que una nación no es sino una masa organizada, estructurada y dominada por una minoría de individuos, digamos que selectos. Así ha sido y es en cada latitud de la tierra y en todos los momentos de la historia. Los que rigen el curso de la realidad social, para bien o para mal, son siempre unos pocos. Las entidades colectivas, pretendidos sujetos de la acción, no son otra cosa que el cilindro que alguien maneja con más y menos tino, más y menos pericia, más y menos escrúpulos.
Este fundamento puede ser o no aceptado, de acuerdo con las ilusiones y los modelos filosóficos de cada cual, pero lo que nadie aceptaría, por disparatada, es la pretensión de cobrarle en juicio a todo un pueblo los desmanes de sus máximos manipuladores. De sobra tienen ya las multitudes de la Isla con su altísima cuota de dolor, miseria, desesperanza y confusión.
Es como proponerse la pazguatería de juzgar a todos los alemanes por las barbaridades de Hitler, a los rusos por las de Stalin, a los italianos por las de Mussolini, a los españoles por las de Torquemada o Franco, o como pretender la condena de todos los estadounidenses por el robo de gran parte de México; y hasta aún más: es como sentar en el banquillo a todos los europeos por la esclavitud de los hijos de África o por los cientos de millones de muertos en las guerras de conquista colonial.
Nunca falta un roto para un descosido, suele sentenciar el dicho; pero a la verdad, el artículo de marras apunta hacia algo más que una simple rotura en el descosido de los resquemores y la desconfianza que desunen hoy a los cubanos. Y está visto, mientras nuestro máximo manipulador tenga enemigos dedicados a atizar el desacuerdo entre sus víctimas, no necesita amigos. |