www.cubaencuentro.com Viernes, 28 de noviembre de 2003

 
  Parte 1/2
 
Incómodos fantasmas
Ante la manipulación oficial, ardua se advierte la labor de los historiadores después que caiga el telón del drama cubano.
por MIGUEL CABRERA PEñA, Santiago de Chile
 

Los historiadores honestos tienen mucho que reprocharle a la revolución cubana. Su discurso sobre el pasado no sólo está lleno de lagunas, errores, hendiduras, lo peor es el ocultamiento que se hace y se ha hecho siempre, a sabiendas.

La historia...
Castro: La Historia como pistola.

Es usual que las raíces de un suceso, el contexto, el actor histórico, sean excluidos de los "gloriosos" anales revolucionarios cuando no responden a los intereses de la leyenda oficial. Si un personaje, por muy honda que sea su huella, deja de creer en el proceso, se le echa del pasado, se le exilia del tiempo, como a un incómodo fantasma.

Bajo la férula de un marxismo infértil se han creado incluso teorías como aquella que a los cuatro vientos lanzara Fidel Castro en 1968, cuando hizo un ciclo cerrado que comenzaba con la revolución de Carlos Manuel de Céspedes y terminaba en la suya. ¿Y dónde quedaba así tanto patriota asesinado, esclavo insumiso, mártir sin mengua, conspiración de buena cepa, tanta página reveladora contra el coloniaje, todo previo al grito fecundante del Padre de la Patria?

Si algunos en principio reprodujeron miméticamente la especulación, el tiempo la iría desmontando, como sucede habitualmente con lo carnavalesco. Ya ni los más cobardes magnavoces del régimen la recuerdan.

Cuando se cumplieron cien años de la llamarada del 10 de octubre, la letra de la Constitución de Guáimaro era progresista, si se le comparaba con la oclusión en la práctica de los derechos en la Isla. Muy distinta fuera nuestra actualidad si gozara de aquel artículo 28, donde se explicaba que el poder "no podrá atacar las libertades de culto, imprenta, reunión pacífica, enseñanza y petición, ni derecho alguno inalienable del pueblo".

Porciones muy oscuras las hay también en la historia de estos últimos 44 años.

Una realidad que no admite soborno se palpa en las postrimerías de Ernesto Guevara, conducido a Bolivia para una muerte garantizada. La Habana lo dejó allí y no le proporcionó auxilio alguno, en un país con miles de kilómetros de frontera. Y hacia aquella encerrona lo condujeron quienes se consideraban sus "compañeros de lucha": Fidel y Raúl Castro. Lo anterior lo prueban Dariel Alarcón —alias Benigno—, que escapó de puro milagro de la trampa perfecta, y más de un analista. Un discurso de mil horas no alcanza para justificar semejante traición.

Pero lo más grave fue que luego se le convertiría en un santón revolucionario, cuya violencia los niños reverencian en las escuelas, mientras prometen a gritos que serán como el Che. Es la misma actitud del clan primigenio que estudia el psicoanálisis: se mata al protopadre y luego se le adora.

Si en vez del discurso occidental, intelectuales como Michel Foucault, Edward Said u Homi Bhabha hubieran reflexionado en torno al de la revolución cubana, tendríamos hoy otros de sus ensayos más brillantes.

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