A través de las transmisiones en cadena, Chávez buscó la manera de subyugar a los medios privados. Cada vez que habla, todas las emisoras y los canales de televisión que transmiten desde Venezuela —públicos o privados— están obligados a encadenarse, así sea por largas horas. Sólo escapan de tal situación los pocos que tienen acceso a la televisión por cable o satélite. El resto sufre al "loco", o apaga el televisor.
Las cadenas están entre las cosas que más detestan los venezolanos. Son una muestra de la arrogancia y el desprecio que siente el gobernante por los demás. Chávez se aprovecha de que los medios privados sólo son usufructuarios de una concesión que les permite transmitir en el espacio radioeléctrico venezolano, propiedad del Estado. Por esa razón les amenaza con quitarles la concesión, si no se encadenan. El reciente decomiso de equipos de microondas a Globovisión —con el pretexto de que estaban transmitiendo en frecuencias no autorizadas— en realidad fue un conteo de protección al canal, que constantemente fustiga al comandante.
Los que viven aquí saben que el presidente no amenaza en vano. El 11 de abril de 2002 demostró hasta dónde puede llegar su obsesión por el poder. En esa fecha, una multitudinaria marcha opositora que se dirigía al palacio de Miraflores para exigir la renuncia del mandatario fue emboscada por francotiradores. El gobernante, asustado por el mar de gente que con banderitas y pitos pedía que se fuera, encadenó todos los medios para decirle al país que todo estaba bajo control.
Cuando la marcha llegó a las inmediaciones del palacio de gobierno, los francotiradores apostados en las azoteas comenzaron a disparar. Ante la masacre, los canales tomaron una decisión arriesgada: partir la pantalla en dos. En un lado, Chávez repetía que la situación era de completa normalidad; y en el otro, a la gente le volaban la cabeza de un balazo. Aquello parecía una película surrealista. Si no fuera por los 19 muertos y los 300 heridos de bala, alguien podría pensar que eso nunca había sucedido.
El pánico le hizo tomar a Chávez una de las peores decisiones: tumbar las señales de RCTV, Venevisión y Televén. Aislados los canales locales, la gente trató de encontrar información en CNN, pero son pocos los que tienen acceso a los canales internacionales. Los rumores explotaban como bombas. La angustia y el miedo crecían por minutos. La gente sabía que habían masacrado la marcha, pero desconocía el número de muertos o heridos. Las líneas telefónicas colapsaron, porque todo el mundo trataba de saber qué iba a pasar en el país. Se hablaba de un golpe de Estado, de que las tanquetas de Fuerte Tiuna estaban en las calles y que se impondría un estado de excepción.
El 11 de abril de 2002 fue un día vivido minuto a minuto. La angustia no terminó hasta la madrugada del 12, cuando corrió de boca en boca la noticia de que Chávez había renunciado. Se sabe que la alegría en casa del pobre dura poco. 47 horas después de haber dejado Miraflores, los militares trajeron de regreso a Chávez. El gobierno de transición, instalado después de su renuncia, cometió todos los errores posibles, al extremo de que el alto mando militar quiso deslindarse de esa aventura. Las estupideces de una cúpula emborrachada de poder hoy las pagan todos los venezolanos. Ahora, para sacar a Chávez, hace falta Dios y ayuda. |