Al interior del socialismo europeo, la misma situación: la disputa ideológica Blair-Jospin revela la condición vital del pensamiento de izquierda: la crítica permanente de los modelos sobre supuestos compartidos. No en todos los casos, claro está, el debate y la crítica son garantía de éxito: puede suceder que todo el mundo esté desorientado. Sí garantizan que en determinados momentos el debate predominante coincida con los límites geográficos de un territorio. Por mucho tiempo se pudo decir que la discusión política fundamental en Europa era de y dentro de la izquierda.
En términos prácticos, por su parte, sería necesario algo así como un pacto a la sueca sin suecos: el acuerdo de todos los sectores sociales de que lo mejor para todos pasa por el bienestar de todos. Sólo de esta manera se regula el conflicto sobre bases respetadas y se garantizan debates políticos concretos para viabilizar crecimiento, modernización y desarrollo dentro de un modelo asumible. Aquí tampoco está asegurado el éxito: sólo que cuando sobreviene el conflicto, todos saben que hay pactos que no se pueden sacrificar. Por eso, sin serlo, el debate sueco parece siempre un debate dentro de la izquierda.
El discurso usual al que se refiere Villalobos refleja la realidad latinoamericana: la derecha mira con desesperanza hacia Lula: desearía profundamente que fracasara. La izquierda, lo propio: desespera ante Uribe. Ansía la debacle de toda su propuesta.
Y el debate sigue esta dirección porque ninguno de los modelos experimentados en el continente ha resuelto estratégicamente los desafíos acumulados. El cubano está descartado por la ciencia y la experiencia. El argentino, también. Chile tiene el valor de la excepción: Su izquierda, igualmente. Como los boxeadores exhaustos por su enfrentamiento en el ring, los dos modelos que confrontan en América Latina han salido derrotados en la liza histórica. Ninguno puede decir al otro: he vencido.
Uribe puede defenderse diciendo que si Colombia no crece es por el problema endémico de las guerrillas. Y Lula que si Brasil no distribuye es por los problemas endémicos de sus estructuras. Uribe tiene un problema con la izquierda para demostrar que su modelo funciona. Lula lo tiene con la derecha para demostrar que el suyo es viable. Pero para ambos es posible experimentar y en eso han estado de acuerdo los votantes en sus respectivos países.
Fijémonos en algo. Lula no se plantea si la solución está en la economía centralizada y la nacionalización como estrategia ideológica de su proyecto. Lula discute si el Consenso de Washington es válido para producir crecimiento y distribuir riqueza a la vez. En este sentido, Uribe podría demostrar que el Consenso de Washington es corregible, pero que no es necesario destruir la propiedad privada y las reglas del mercado. Después de todo, éstas existen antes del Consenso de Washington y antes que Washington mismo. Y Lula no está en desacuerdo fundamental con esto.
Por esta razón, el debate básico aquí se sigue produciendo en torno a cuánto liberalismo económico toleran nuestras sociedades para resolver las injusticias. No en sí este liberalismo puede ser puesto en la picota de la historia. Lula y Uribe representan las dos caras de una misma moneda.
Es irrelevante en este sentido si en sus respectivos programas y gabinetes hay elementos de izquierda o derecha. Lo relevante es que Lula, de izquierdas, tiene el mandato para moverse por su brazo ideológico. Uribe exactamente lo mismo. Ambos deben responder a sus votantes y a sus maquinarias políticas.
Ahora bien, que el debate fundamental en América Latina deba ser dentro de la izquierda es algo que también deseo junto a Villalobos. Para este propósito es necesario llenar el vacío de imaginación en la izquierda del continente y alimentar una discusión pública sobre la revolución cubana: todo un problema para ciertas derechas y para ciertas izquierdas, y una extravagancia política para América Latina. |