La revolución carece además de un programa y el único que conoce hacia dónde ella se dirige —si es que lo conoce— es el propio líder. De este modo, la única forma que tienen de ser fieles a la revolución los que se dicen o creen revolucionarios, es mediante "la fidelidad absoluta al líder". Aunque el líder se presenta como el medio —o el médium— a través del cual la revolución envía sus designios, la relación directa con la revolución es privativa de éste. El resto de los revolucionarios y la ciudadanía sólo se relaciona con el líder. Así, los términos en que la nueva ideología de la revolución se constituye se dan en la relación líder-masa. Relación que legitima al líder ante el resto de los dirigentes revolucionarios. A esto se debe la febril actividad discursiva de Castro en los primeros años del triunfo revolucionario y aun mucho después.
Los discursos son, tanto para orientar a las masas como para —obteniendo el apoyo acrítico de éstas— legitimarse ante el resto de la dirigencia, donde pueden aparecer posibles objetores. Si las masas siguen ciegamente al líder, ello sería un indicio de que es él, y no los otros dirigentes, quien (a falta de un programa) está en contacto con la revolución. Qué rumbos tomará el proceso, lo mismo en el plano ideológico, político o económico, la revolución se lo comunicará al líder y éste a las masas y al resto de la dirigencia. La palabra del líder deja de ser una opinión significativa entre el resto de las otras opiniones de la dirigencia revolucionaria, para establecerse como la verdad absoluta.
Desde este punto de vista, se hace lógica la purga que se da en el seno de la dirigencia revolucionaria, sobre todo de aquellos dirigentes con visiones propias: la lista es extensa: Camilo Cienfuegos, Huber Matos, Manuel Urrutia, Ernesto Guevara, Sorí Marín, Aníbal Escalante, Salvador García Agüero, etc. Unos son fusilados, otros condenados a presidio. Otros mueren sospechosamente (como Camilo), se van a morir a "otras tierras del mundo, (como el Che), o los exilian como diplomáticos en un país apartado (como a García Agüero). La mano sobrenatural de "la revolución" ayuda en esos casos.
Este es uno de los motivos por los que la sociedad cubana de la década del sesenta —lo mismo la simple ciudadanía como los dirigentes— tenía que vivir pendiente de los discursos de Castro. Era en ellos donde aparecían las revelaciones y las profecías de la revolución, y es lo que explica actualmente la presencia casi diaria de Castro en las llamadas "Mesas Redondas" en la televisión cubana, donde actúa, o como partícipe o como "director" del programa.
El carácter de esta ideología depositada en la voluntad y palabra del líder no cambia en absoluto cuando en 1961, previo a la invasión de Playa Girón, Castro proclama el carácter socialista de la revolución. Los téminos de la proclamación son los mismos: un líder que comunica sus revelaciones a una masa enardecida que se asume —no se sabe por cuáles mecanismos— representa a toda la sociedad, cuando las masas apenas se representan a sí mismas.
La dirigencia revolucionaria, menos un círculo muy restringido de la misma, recibió la noticia con la misma sorpresa y un disimulado o auténtico entusiasmo. Posteriormente, la creación de las ORI (Organizaciones Revolucionarias Integradas) y la selección de un grupo de militantes del estalinista Partido Socialista Popular para establecer los mecanismos de instrumentación y control del nuevo proyecto, fue sólo la búsqueda de los cuadros en mejor capacidad para llevar a cabo los designios del líder. Las ORI no eligieron a un líder, fue éste quien instrumentó las ORI y al grupo ejecutor de sus visiones.
La defenestración de los militantes comunistas, a cargo de las ORI, se debió precisamente a su vocación doctrinaria pre-castrista, al hecho de que sus referentes se ubicaban en la doctrina y prácticas estalinistas, algo que ubicaba a Castro en una condición de profeta de segunda categoría. La creación del PURS (Partido Unido de la Revolución Socialista) corrige esa percepción. En lo adelante, la revolución constará de un instrumento político, el partido; y de un líder, Castro. El programa y los congresos del partido no eran necesarios. Los discursos del líder se encargan de revelar lo que la revolución le comunica cada momento en exclusivo. |