www.cubaencuentro.com Viernes, 04 de junio de 2004

 
  Parte 2/2
 
La euforia de los patriotas
Trabajando para La Habana desde Miami y para Miami desde La Habana: ¿Qué celebran los dueños de la patria en sus extremos?
por RAFAEL ROJAS, México D.F.
 

Pero tan válido y pertinente es el cuestionamiento del plan Noriega como el rechazo de las medidas anunciadas por el gobierno de Fidel Castro para enfrentar la crisis: el viejo recetario de autarquía económica, que cada cierto tiempo reaparece en la imaginación castrista y que intenta ocultar el fracaso del inequitativo capitalismo de Estado construido en Cuba en los últimos doce años. Tan criticables son ambos planes como la mañosa ceremonia de entendimiento que tuvo lugar durante la III Conferencia de la Nación y la Emigración, en La Habana.

Los representantes de la diáspora que asistieron a ese vacío ritual de reconciliación fueron instruidos para combatir el embargo comercial de Estados Unidos contra Cuba en sus países de residencia. Sin embargo, la única voz que intentó pronunciarse contra el otro embargo, el de la ausencia de libertades públicas impuesta por el gobierno de Fidel Castro, fue callada como se callan siempre las voces disonantes en un régimen totalitario: a gritos.

Supongamos que el millón de cubanos que desfiló por el Malecón el 14 de mayo no lo hizo porque está dispuesto a inmolarse junto al anciano caudillo, sino porque se opone a la restricción de los viajes y las remesas. Aun así, habría que recordar que la población de Cuba rebasa los 11 millones y que fuera de la Isla viven otros dos millones más que, en su mayoría, tampoco desean un desenlace fratricida, ni un fin de régimen marcado por la incomunicación y el recelo.

¿Qué celebran, entonces, unos y otros? Celebran, ni más ni menos, la fantasía de la hecatombe, el escenario virtual de un enfrentamiento entre cubanos que durante cuatro décadas han deseado en el silencio de sus almas y legitimado en las vociferaciones de sus discursos. Porque unos y otros se sienten incompletos, vulnerables y poco patriotas sin esa ceremonia de sangre, que los redimirá de tanto rencor y tanta demagogia.

Unos y otros, los que trabajan para La Habana desde Miami y los que trabajan para Miami desde La Habana, celebran la fantasía del patriotismo porque la compleja realidad de la Isla los perturba. ¿Qué realidad? La de un país con una economía paralizada por su extrema estatalización, una política controlada por un único partido, una cultura amordazada por la imposibilidad de crítica y una sociedad atemorizada por el amago de represión contra cualquier disidencia.

Los patriotas de ambas orillas, es decir, los dueños de la patria en sus extremos, no quieren mirar de frente la realidad de la Isla y prefieren su fantasía de Apocalipsis, porque no desean que se consolide una oposición leal y autónoma dentro y fuera de Cuba y se niegan a admitir lo evidente: que en el conflicto cubano hay muchas más opciones que La Habana y Washington, que Castro y Bush.

Si la voluntad general de una nación es siempre un misterio, como decía Benjamin Constant, ¿cómo será la voluntad general de una nación injusta y largamente quebrada entre un adentro y un afuera? Probablemente, un misterio dentro un acertijo envuelto en un enigma, como decía Churchill de Rusia. Aun así, no hay riesgo en afirmar que el deseo mayoritario de los cubanos es una transición pacífica, negociada y soberana a la democracia en Cuba.

¿Quiénes se oponen a ese desenlace? En primer lugar, el gobierno de Fidel Castro. En segundo lugar, el gobierno de Estados Unidos. Y en tercer lugar, quienes dentro o fuera de la Isla apoyan el inmovilismo de ambos poderes y alimentan esa tensión perfectamente binaria, que intenta ocultar la plural autonomía de los sujetos y sus discursos. Cuando se escriba la historia de estos años perdidos, esas dos maquinarias reproductoras de la parálisis nacional quedarán al descubierto.

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