El gobierno de Reagan ocultó el alcance de la epidemia de sida durante la primera mitad de la década de los años ochenta. Se le atribuye la frase: "Quienes vivieron en el pecado deben morir en el pecado". Es posible que nunca expresara públicamente esa opinión, pero no hay duda que sus creencias morales y políticas eran acordes con el enunciado.
Reagan también jugó un papel fundamental para que el derrocado dictador Sadam Husein sobreviviera a la guerra de ocho años que Irak libró contra Irán, entre los años 1980 y 1988. No sólo brindó informes de inteligencia, garantías de crédito por cientos de millones de dólares al gobierno de Husein y permisos de exportación a Bagdad para equipos de alta tecnología. En febrero de 1982, el Departamento de Estado retiró a esta nación árabe de la lista de países patrocinadores del terrorismo.
Mientras la administración de Reagan criticaba públicamente el empleo de armas químicas por parte de Husein, privadamente alentaba los planes de realizar negocios con él. En aquel entonces, los fanáticos iraníes eran el enemigo ideológico a tener en cuenta.
Cuba: retórica y consignas gratas
Con Cuba, Reagan se limitó a una retórica similar a la de la actual administración, pero con una consigna grata a los oídos de La Pequeña Habana: "Cuba sí, Castro no". Si bien hizo todo lo posible para detener el avance del comunismo en América Central —a cambio de miles de muertos, violaciones sin límites de los derechos humanos y el escándalo Irán-Contra— e invadió Granada, donde una reducida tropa cubana fue puesta en ridículo, también se mostró dispuesto a invitar al gobernante Fidel Castro a que regresara a la comunidad internacional de naciones del hemisferio occidental, si éste estaba dispuesto a sacar a Cuba del "ala de la Unión Soviética". No le preocupaba que Castro fuera un hijo de puta, sólo que no era su hijo de puta.
Fue durante el gobierno de Reagan cuando —una vez más— el gobierno norteamericano intentó un acercamiento con el régimen de La Habana, a través de los diálogos de Alexander Haig y Vernon Walters con enviados cubanos. También fue él quien negó la entrada en Estados Unidos a miles de cubanos que esperaban en terceros países, mantuvo a más de 3.000 refugiados llegados por el Mariel en cárceles norteamericanas, permitió la visita a este país de funcionarios castristas y devolvió a Cuba a Andrés Rodríguez —quien llegó de polizón a estas tierras y terminó en la Isla condenado a nueve años de prisión.
Acciones similares han llevado a cabo otros inquilinos de La Casa Blanca, decisiones judiciales se han producido en otros períodos presidenciales, pero desde hace años se le pasa por alto a Reagan lo que aún no se le perdona a los ex mandatarios demócratas.
¿No fueron estas medidas contrarias a los intereses y declaraciones de quienes ahora lo lloran por la radio de Miami? ¿Se trata entonces de esa vieja costumbre provinciana de no hablar mal de los muertos? Al igual que a cualquier otro jefe de Estado, a Reagan hay que juzgarlo por sus aciertos y faltas al frente de la nación. Si este artículo sólo habla de las segundas, es porque la prensa norteamericana se ha encargado de saturar al lector con los primeros. Idolatría radial hacia el difunto ex presidente en Miami. Reagan —al menos el actor—merecía mejores intérpretes. |