www.cubaencuentro.com Miércoles, 15 de diciembre de 2004

 
  Parte 2/3
 
Con visión de futuro
Una perspectiva acerca de los disidentes y las invitaciones a las recepciones de países europeos.
por MIGUEL RIVERO, Lisboa
 

Hay un elemento importante que se debe subrayar: en ningún momento se ha planteado el propósito de revisar la Posición Común hacia Cuba adoptada por la Unión Europea en 1996, y que aboga por promover la transición política hacia un sistema democrático, el respeto a los derechos humanos y libertades fundamentales, así como propiciar la mejoría de la calidad de vida del pueblo cubano. Estos son principios básicos de la política de la UE hacia Cuba, a pesar del "pataleo" del régimen de La Habana.

Si la revisión de las medidas de junio de 2003 conduce a compromisos efectivos de apoyo sistemático a la disidencia interna por parte de la Unión Europea, se puede argumentar que la iniciativa española en ese sentido merece, por lo menos, el beneficio de la duda.

Las tentaciones del partidismo doméstico

Una condena tajante, y a ciegas, a las iniciativas del gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, conllevaría una identificación automática de los exiliados y disidentes cubanos con los críticos de la propuesta. De igual modo, apoyar —sin la meditación suficiente— la "nueva política" del gobierno español, equivaldría a entregar un cheque en blanco al Ejecutivo. Ambas posiciones arrastran hacia conflictos internos de la política española, que para nada benefician la causa de conquistar la democracia y las libertades en Cuba, para lo cual resulta importante el apoyo de Madrid.

El pasado 18 de febrero, en una entrevista exclusiva con la agencia EFE, Rodríguez Zapatero fue clarificador en sus pronunciamientos: "España tiene un compromiso importante de inversión económica en Cuba y lo que queremos es ayudar a los cambios, propiciarlos, exigirlos si es necesario desde la política y desde la convicción que tenemos de que ese régimen tiene que cambiar a fondo". Lo de la exigencia no debe haber caído nada bien a Castro.

Claro que ese objetivo plausible de abrir un diálogo con el régimen de La Habana tiene un inconveniente fundamental. Recientemente, el ex presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso, recordaba que mientras estuvo en el gobierno nunca trató de "aislar" a Cuba, pero reconoció que tampoco logró establecer un diálogo político serio con el gobernante Fidel Castro.

El mandatario cubano tiene un arte especial para soslayar cualquier discusión acerca de los cambios democráticos que Cuba necesita. Varios jefes de Estado han pasado por la experiencia de que, cuando tratan de abordar el tema, Castro desvía la conversación. O, en el mejor de los casos, "escucha con la paciencia de Job y la sonrisa de la Gioconda", como él mismo ha confesado.

No obstante, de lo que se trata también es de influir en otras figuras del régimen, que tendrán su papel a jugar en el momento de la transición. Para la oposición interna cubana también es importante que se renueven los intercambios culturales con los países europeos. Cada joven que viene a Europa, para un seminario o un postgrado en una universidad, se pone en contacto con nuevas realidades. Ese camino también quedó bloqueado después de las medidas del 5 de junio de 2003.

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