Preparar la transición después de Castro, o a pesar del Castro senil que desde hace algún tiempo el Castro desfalleciente bosqueja, significa promover a la naciente, y atenazada, sociedad civil de la Isla. Promoverla recordándole sin cesar a los herederos del castrismo que las bases sobre las que se asienta el sistema vigente en Cuba —esas que privan de derecho a sus ciudadanos— no son admisibles para la comunidad internacional, esto es, para aquellas naciones civilizadas que hoy por hoy están en condiciones de lucir un historial democrático y de tolerancia para con la diferencia.
En esta cuerda, la disidencia interna, salvo la abrumadora minoría que colabora subliminalmente con el régimen o defiende posiciones ultramoderadas —inmovilistas en el contexto de una nación secuestrada por el Estado—, ha respondido a las movidas de La Moncloa con la petición expresa, explícita, de que Bruselas mantenga las sanciones. Como se aduce en la Carta abierta a los gobiernos y pueblos de los países miembros de la UE, divulgada hace pocos días por importantes sectores del movimiento opositor, "sería incomprensible la política de cualquier país que exprese estar a favor de la democracia y los derechos humanos y que, al propio tiempo, acepte las exigencias de un gobierno que sistemáticamente viola los principios democráticos y esos mismos derechos que dice defender".
Si como afirma el ejecutivo socialista, más que marginar a la disidencia se pretenden relaciones que trasciendan el ámbito de las fiestas conmemorativas, estableciendo contactos políticos "continuados", habría que empezar por invitar y/o recibir a los opositores con naturalidad, ya sea en cócteles o reuniones de trabajo.
La presencia de la oposición pacífica en las celebraciones europeas de La Habana no debería escandalizar a nadie, ni siquiera a los que camuflan su intolerancia con el celofán del antiamericanismo al uso. Recuérdese, porque el dato resulta determinante, que quienes rechazan el diálogo —siempre que éste no acata las líneas maestras del oficialismo— son las autoridades cubanas.
Al invertir los términos que definen la problemática cubana, sugiriendo que el gato no cazará ratones mientras estos no abandonen la ratonera, se edulcora peligrosamente la circunstancia nacional. Un análisis objetivo de la trayectoria castrista, cuyos cánones reproducen los de su parentela totalitaria, permite asegurar que sólo la pedagogía de los hechos fomentará, antes, durante o después de la muerte de Fidel Castro, el caldo de cultivo desde el que acceder al Estado de derecho en Cuba.
Resulta significativo que la sanción que le quita el sueño a las autoridades cubanas, que exigen su retirada incondicional como requisito para desatascar las relaciones diplomáticas, es la que las enfrenta a la constatación de que en la Isla, como en cualquier otro rincón del mundo, conviven distintas maneras de entender la historia y la política, diversas sensibilidades y formas de interpretar la realidad. Una realidad ante la que el castrismo cierra una y otra vez los ojos, pero a la que tarde o temprano deberá despertar si aspira a reciclarse en el futuro.
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