Si es plausible alegar que el semi-embargo comercial norteamericano no ha tenido éxito hasta ahora en provocar cambios positivos en Cuba, es obvio que tampoco la opción derechos humanos/incentivos/sanciones ha servido de mucho para que el régimen de La Habana modere sus desafueros.
De Felipe González al Papa y de François Mitterand a Jimmy Carter, muchas y muy respetables voces han intentado aconsejar a los inquilinos del búnker habanero y explicarles que la Guerra Fría ya terminó, y que el Muro de Berlín es ahora una pieza de museo. Pero ha sido en vano.
Visto lo anterior, cabe preguntarse si la actitud de Washington alcanza a explicar los fusilamientos, la represión de toda opinión libre y la agresión permanente del Estado contra sus propios ciudadanos. Estados Unidos es uno de los primeros suministradores de medicinas y alimentos a Cuba, por no hablar de las remesas en efectivo que envían los exiliados a sus familiares de la Isla. Eso no impide que el régimen cubano agite cada dos por tres el espantajo de la "invasión imperialista" y trate de culpar al "bloqueo" de todos los males del país, causados en realidad por la ineficacia del sistema y la incompetencia y corrupción de su clase dirigente.
López afirma que "en Cuba una abrumadora mayoría repudia al presidente republicano [G. W. Bush] y, especialmente, sus últimas medidas sobre los viajes y remesas". Uno se pregunta si el dato procede de una encuesta de opinión independiente realizada en la Isla o si su criterio se basa en la participación masiva de los cubanos en las "marchas del pueblo combatiente" y los "actos de repudio" orquestados en el protestódromo del Malecón. En todo caso, es difícil saber, en las condiciones actuales, qué piensa y siente realmente la población de Cuba.
La política de firmeza del presidente Bush envía un mensaje inequívoco a Fidel Castro y, muy especialmente, a sus colaboradores: no habrá arreglo milagroso en los próximos cuatro años. No pueden esperar que Estados Unidos levante unilateralmente el embargo y que el comercio, el turismo, los créditos y las inversiones acudan a salvar in extremis la obsoleta fantasmagoría de cartón-piedra que asfixia a 11 millones de cubanos.
Huelga señalar que el sentido y las repercusiones de esta postura no son los mismos ahora que hace 10 ó 20 años. La economía de la Isla ha entrado en una espiral de pauperización y endeudamiento de la que difícilmente podrá escapar. Los recursos y el margen de maniobra de la gerontocracia gobernante se agotan a ojos vista. Ni siquiera puede ya trasladar el conflicto social a las calles de Miami, como hiciera en 1980 y 1994, mediante la apertura de fronteras y el éxodo masivo.
Para evitar el colapso, al régimen cubano no le queda otra opción que emprender seria e irrevocablemente el camino de la reforma democrática: amnistiar a los presos de conciencia, modificar la Constitución para devolverle al pueblo sus derechos cívicos, legalizar las asociaciones, los partidos políticos y la prensa de oposición, y, a medio plazo, celebrar elecciones libres bajo supervisión internacional.
No cabe la menor duda de que, si el gobierno de Cuba inicia este proceso, Estados Unidos, Europa y el resto del mundo responderán de forma amistosa y constructiva. |