www.cubaencuentro.com Miércoles, 26 de enero de 2005

 
  Parte 2/2
 
La alevosía caribeña
¿Qué se esconde tras la complicidad de los gobiernos insulares con el régimen de Castro?
por MICHEL SUáREZ, Madrid
 

Antes de la llegada de Castro al poder, Cuba —la más grande isla de la región— era el escaparate o la vitrina del resto. Tanto la posición geográfica como la fluidez del intercambio comercial, tecnológico y cultural con Estados Unidos, la dotaron de una situación de privilegio. Con la irrupción de Castro sobrevinieron los cerrojos, el embargo económico y el aislamiento del régimen, lo que originó un nuevo reparto del pastel entre otros destinos de la zona, por sólo mencionar el trascendente tema de los flujos turísticos.

La reversión de la actual situación política cubana podría resultar perjudicial para muchos países del área. De hecho, en las tres cumbres de la Asociación de Estados del Caribe (AEC) —celebradas en Puerto España, Santo Domingo y Venezuela—, los documentos finales sólo pidieron el fin de la Ley Helms Burton y no del resto de la legislación relacionada con el embargo (verbigracia, la prohibición de los viajes de turistas norteamericanos a Cuba). Tampoco las declaraciones de las cumbres han exigido a Castro el cumplimiento de las cláusulas democráticas que supuestamente rigen el trabajo de la AEC.

Un cambio en las condiciones actuales, con el regreso de la economía de mercado y la democracia a la Isla, y la puerta abierta al turismo norteamericano, no sólo sería un ruido en el sistema de las economías caribeñas, sino la vuelta del papel protagónico de Cuba en las relaciones con Estados Unidos.

El reparto de la tarta

Sólo en 2004, el Caribe, según informes de la AEC, recibió 14,5 millones de turistas. De ellos, un poco más de dos millones tuvieron como destino a Cuba. Según el gobierno de Bahamas, este país registró 4 millones y medio, el 83% procedente de Estados Unidos, lo que representó el 60% de su Producto Interno Bruto. Esto último de acuerdo con informes del Departamento de Estado de EE UU.

Una situación parecida ocurre en Jamaica, donde el 71% del total (un millón 278 mil 921 de visitantes en 2004), procedió de Norteamérica, al igual que la mayoría de los 2,9 millones que recibió República Dominicana.

¿Serán capaces estas plazas de afrontar de igual forma una apertura democrática en Cuba, con dos millones de cubanoamericanos y sus descendientes viajando cada año y ambiciosos cálculos numéricos que incluyen al resto de los norteamericanos?

Sólo en el año 2000, y a pesar de las restricciones, viajaron a Cuba más de 76.000 norteños, una cifra que no llegó al 5% del total de las emisiones de EE UU hacia el Caribe, según datos de La Habana.

A la perspectiva turística se suma un aspecto nada desdeñable: a las islas caribeñas —ex colonias o que mantienen algún estatus semicolonial (real o simbólico), del cual contradictoriamente no desean salir—, les place el enfrentamiento del "pequeño David" con Estados Unidos, en una lidia de toros que prefieren disfrutar desde la barrera.

Ante un panorama así, en "una pelea de león contra mono, y con el mono amarrado", la comunidad caribeña duerme tranquila. Con Fidel Castro en la puerta de Cuba, llave en mano, y con la garantía de que mientras permanezca el régimen Estados Unidos no cederá, Bahamas, Jamaica y compañía hacen su agosto, aunque eso signifique el fin para la antes "iluminada" isla de Cuba.

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