www.cubaencuentro.com Miércoles, 26 de enero de 2005

 
  Parte 2/2
 
El futuro como meta
Impedir la continuidad dinástica del régimen y evitar mayores sufrimientos a las generaciones venideras. ¿Vale o no la pena mantener el embargo?
por JULIáN B. SOREL, París
 

Por supuesto, tan desatinado sería afirmar que este desplome convalida retrospectivamente todas las medidas de política exterior que Washington adoptó en el período, como decir que éstas nada tuvieron que ver con el desenlace. La realidad es mucho más compleja, en especial porque la incertidumbre es condición inherente de la política. Clausewitz asegura que la guerra es el dominio del azar; en nuestro tiempo la política internacional ha llegado a ser —invirtiendo su célebre fórmula— la continuación de la guerra por otros medios.

Nadie ha comprendido mejor este axioma que Fidel Castro. Por eso, desde los primeros días de 1959, emprendió su guerra particular contra Estados Unidos y los cubanos no comunistas, y aplicó al pie de la letra la teoría leninista de la liberación nacional: confiscó las inversiones extranjeras, "siquitrilló" a los empresarios nacionales (la burguesía cipaya, en el léxico canónico) e invirtió las alianzas, para imponer con más comodidad la dictadura sobre el proletariado y los campesinos.

Estas medidas provocaron la represalia de Washington, que dura todavía porque el régimen de La Habana no ha cambiado gran cosa en el último medio siglo y no precisamente por falta de ocasiones para enmendar el rumbo. Por eso resulta tan deliciosamente irónico que Castro procure obtener ahora cuanto rechazó entonces y acuse a los yanquis de proceder exactamente como él quería que lo hicieran. Sobre todo, porque durante las tres décadas que duraron los subsidios soviéticos el embargo apenas fue una referencia retórica de segundo orden en el ideario castrista.

Soberanismo anacrónico

El último aspecto que escandaliza a los adversarios del embargo es que las cláusulas de esta medida se encuentren codificadas en la Ley Helms-Burton, que pretende fijar los criterios mínimos de la futura democratización de la Isla. Se rasgan la guayabera y el sombrero de yarey ante el hecho de que la legislación norteamericana pueda condicionar el porvenir de la política cubana y sacan a relucir la anexión de Texas, el espectro de John Quincy Adams y la Enmienda Platt.

Esta gesticulación antiimperialista adolece de un anacronismo esencial. Desde el siglo XVIII, Estados Unidos ha sido, para bien y para mal, un factor de la política cubana, y seguirá siéndolo aún más en el futuro. La universalidad de tendencias e intercambios de toda índole que caracteriza a nuestra época —eso que por pereza mental denominamos con el anglicismo globalización—, no deja mucho margen a la autarquía y la reivindicación soberanista. El aparato conceptual del siglo XIX tampoco sirve de gran ayuda a la hora de examinar esta nueva realidad.

A plazo medio, el destino probable de Cuba es integrarse en un bloque continental que formarán los actuales miembros del TLCAN-NAFTA, más algunos países de Centroamérica y el Caribe. Esta unión entrañaría sin duda cierta pérdida de soberanía, pero no parece mala solución la de anclar a militares rijosos y políticos venales en una estructura supranacional que les imponga un poco de disciplina.

Lo hicieron hace algunos años varios pueblos de Europa meridional, tan propensos al bochinche y la tiranía —como nosotros—, y les ha ido bastante bien en todos los órdenes. Esta incorporación permitiría superar la maldita insularidad, que ha sido una de las claves de nuestro fracaso nacional. Cuba dejaría así de ser tan isla en política como lo es en la naturaleza —el envés de la receta de Varela—, y podría, por fin, echarle doble llave al sepulcro del comandante.

Si el embargo norteamericano contribuye a crear las condiciones necesarias para esta evolución, al obligar a los herederos putativos de Castro a aceptar las reglas del juego democrático, su mantenimiento está perfectamente justificado, tanto desde el punto de vista político (impedir la continuidad dinástica del régimen) como humanitario (evitar mayores sufrimientos a las generaciones venideras).

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