Sólo Aldous Huxley en Un mundo feliz o George Orwell en 1984 fueron capaces de imaginar una estructura policíaca como la castrista, sin antecedentes ni subsecuentes en el hemisferio occidental. El temor al Gran Hermano, plausiblemente, no podrá talarse de inmediato como el marabú, ni con la participación de las mejores sociedades psiquiátricas, ni con la más sagaz campaña de los medios. Sus raíces serpentean hace demasiadas décadas. Casi parece consustancial —como el choteo— al mito de "lo cubano", a la "teleología insular".
La impotencia en la rugosa transición —de acuerdo con la sabiduría que en ella se aplique— producirá extremos: desde el escepticismo ante la utilidad de los cambios hasta brotes de rebelión porque no son suficientemente drásticos, desde el conservadurismo alienante de los privilegiados hasta la ansiedad por beneficios no trabajados, desde visiones absolutamente idealistas sobre el papel del Estado hasta el más salvaje pragmatismo… Extremos que, por supuesto, se morderán sus colas. Y que entre la élite pensante —no siempre honrada— traerá no pocas situaciones risibles, tragicómicas, dignas de un esperpento de Valle-Inclán.
Pero quizás la mejor forma de conjurar la impotencia ya se haya iniciado. También el incisivo análisis de Arendt nos precisa: "La soledad organizada es considerablemente más peligrosa que la impotencia inorganizada de todos aquellos que son regidos por la voluntad tiránica y arbitraria de un solo hombre" (p. 579).
Reducir los efectos de la impotencia
Muchos cubanos dentro —para no hablar del exilio— llevan años ejerciendo su desafiante soledad, su disidente soledad. Confían en ellos mismos, en sus fuerzas como individuos. Castro lo sabe, les teme porque han desbaratado la impotencia al organizarse consigo mismo. Ni desplazan culpas ni padecen de autolástima.
Ellos están reduciendo los nocivos efectos de la impotencia. Son la mejor cantera para exterminar la desconfianza, evitar las fragmentaciones de la oposición que el régimen favorece ahora mismo. Ni creen en mandatos caídos del Palacio de la Revolución ni en programas aconsejados por extranjeros, sobre todo europeos. Sopesan variantes de una transición donde no podrán disfrazarse los cómplices de la dictadura. Juegan a la familia a través de un yo genuinamente cristiano, que enaltece la caridad y el perdón pero no olvida, no puede darse el lujo de olvidar nada de lo ocurrido porque sería igual que pedirle a los alemanes que olviden a Hitler.
Su ejemplo será la más eficaz guía hacia la Cuba democrática. No forman ninguna masa y por eso no temen al Poder. Algunos leen a Canetti o intuyen su ideario. Son la simiente antitotalitaria que comienza a florecer. La soledad les ayuda. |