www.cubaencuentro.com Miércoles, 26 de enero de 2005

 
  Parte 2/2
 
La colonia remozada
El calesero, el comendador y la encomienda: ¿Han identificado los cubanos al castrismo como un episodio de lo Eterno español?
por NéSTOR DíAZ DE VILLEGAS, Los Ángeles
 

Durante el batistato —la época dorada del automóvil— el quitrín landaluziano se reprodujo copiosamente en láminas para adornar las oficinas modernas. Los tableaux folclóricos falseaban, para los empresarios y negociantes atosigados por el upper mobility de la vida metropolitana, una lasitud para siempre perdida, un momentum y una aceleración clásicas. El rectángulo de bagazo, con calesa y caballos de serigrafía, nos servía de espejo retrovisor por donde mirar a un pretérito idealizado.

En la colonia remozada, sin embargo, el Impala y el Buick, avejentados hasta el punto de equipararse a los quitrines, usurpan el lugar de estos. El cubano de a pie retoma el papel que le asignó Landaluze: el puesto del calesero que posa junto a su coche para ser retratado.

La Habana entera es ya un palenque temático —Happy Colony o Colonia Penitenciaria Inn, según el itinerario escogido— donde el viajero puede, por un precio módico, pasar una vacaciones felices en el ambiente de una encomienda, reproducida con gracioso realismo por Leal Spengler y su equipo.

La fuerza del Castillo

A varios niveles de realidad por encima del estrato de la calle adoquinada, un Señor de la tierra ocupa el lugar cimero del parque temático, donde las relaciones sociopolíticas de la colonia han sido reproducidas con pareja atención a los detalles.

Tampoco es imposible negociar una visita al palacio. En dependencia de su importancia —y luego de complicados trámites— un cineasta o un agricultor de renombre podría ganar acceso al Castillo y pasar "las ocho horas más importantes de su vida" en un ambiente de auténtica camaradería feudal.

Aunque esto último no es imprescindible: nada más de mirarlo, alardeaban sus constructores, ya el Castillo inspiraba respeto.

Lo Eterno español

La ausencia de españoles en los pueblos cubanos, a partir del 59, era una tragedia que clamaba al cielo. Si algo ha quedado claro, como lección de nuestras guerras de independencia, es que el déficit —más bien que el exceso— de colonización, puede resultar fatal para el progreso de las colonias.

La última intervención española, que comenzó como injerencia económica, se ha convertido —con las licencias extrapenales a los disidentes— en escaramuza política. ¿No resulta embarazoso el empecinamiento con que colonia y metrópoli renuevan sus antiguos votos, en contra de toda expectativa, más allá de cualquier plausibilidad histórica?

En vista de los últimos acontecimientos sería oportuno preguntarse si era lícito que Cuba se separase de España; y si era posible que, en una parcela donde lo español se había constituido en espíritu, la revolución lograra expurgarlo. O si un proceso de individuación, como el martiano, merecía extrapolarse a la arena pública. Cada revolución cubana ha intentado escindir lo indivisible. En Cuba lo español aspiró a librarse de sí mismo y el resultado fue el enfrentamiento —bellum civile— de las "dos Españas".

No debe extrañarnos entonces que los españoles modernos sientan también a Cuba, y a su tiranía, como asunto interno. Identifican allí una parte de su espíritu y añoran la unión mística con la mitad —Franco, Bocanegra, Weyler y el Niño de Guevara— que quedó cercenada. Pero la "otra" España nunca anda lejos: vive en una colonia remozada. Está a ocho horas de avión que son dos meses de carabela.

Paralelamente, los cubanos han identificado al castrismo como episodio de lo Eterno español: ven en Castro a un comendador, y en Cuba, a una encomienda. El versículo,"Oh, tú Belén… de ti saldrá un gobernador que ha de guiar a mi pueblo", pudiera leerse como: del Colegio de Belén, cuna de tiranos. Que el castrismo es un jesuitismo es intuición rebajada a vox populi.

Ahora, mientras una España se adelanta decididamente hacia la democracia y el pluralismo, la otra regresa al feudalismo y a una edad oscura donde los herejes son canjeados, quemados o expulsados. Una España le lava la cara a la otra. Y las dos se lavan las manos.

1. Inicio
2. Durante el batistato...
   
 
EnviarImprimir
 
 
En Esta Sección
La alevosía caribeña
MICHEL SUáREZ, Madrid
Arendt y el totalitarismo cubano
JOSé PRATS SARIOL, México D.F.
PIB: Números a conveniencia
TOMáS G. MUñOZ, Marbella
Editoriales
Sociedad
Cultura
Internacional
Deporte
Opinión
Desde
Entrevista
Buscador
Cartas
Convocatorias
Humor
Enlaces
Prensa
Documentos De Consulta
Ediciones
 
Nosotros Contacto Derechos Subir