www.cubaencuentro.com Miércoles, 26 de enero de 2005

 
  Parte 2/4
 
La transición febril: democracia y mercado
¿Qué tipo de república futura quieren los cubanos? ¿Se conformarán con el cambio de una dictadura por un Estado paternalista?
por MIGUEL FERNáNDEZ-DíAZ, Miami
 

Parece atinado espulgar el libro del Banco Mundial Transición: Los primeros diez años. Análisis y lecciones de Europa del Este y la antigua Unión Soviética (2002), sin temor al sambenito de intoxicación ideológica, porque la desunión postsoviética y la transición postsocialista sobrevinieron tras dictaduras que guardaban aires de familia con el castrismo, por la centralización de la economía y el predominio de la propiedad estatal. El hito épico marcado por la revolución cubana no empece para tomar nota de errores tremendos, que deben ser también vitandos.

Es posible, y hasta sería eficaz, que las reformas se emprendieran en Cuba sin marco legal acabado. Hay buen precedente: entre 1984 y 1985 el complejo militar-industrial castrista comenzó a montar el Sistema de Perfeccionamiento Empresarial vulnerando y esquivando más de cien normas jurídicas. Sin embargo, las amargas experiencias de Europa del Este aconsejan que los procesos políticos y los negocios, e incluso las ciencias y las artes, se desenvuelvan en ámbitos regulados por leyes claras.

El largo de la vara

El dilema esencial puede plantearse como correlación dinámica del presente contra pasado y futuro. Ningún Estado totalitario funciona sólo porque una banda campea por sus respetos terroristas en medio de la inocencia del resto de la población. Nadie está libre de culpa, salvo unos pocos mártires. Desde su atalaya a orillas del Duero, un sagaz observador concluye que "a todo el mundo se le va a poder poner una etiqueta intratable".

Bajo el peso del sabor justiciero no sólo temblarán los gerentes cómplices, que hacían mal su trabajo, simulaban lealtad ideológica y robaban en el mercado cautivo con mano de obra esclava. También estarán asustados quienes ocultan alguna cosita y hasta quienes sencillamente no se atrevieron a protestar. ¿Qué largo debe tener la vara transicional para medir los delitos pasados, y qué ancho para castigar a los presentes culpables con paredón o cárcel, reproche moral o inhabilitación?

Jamás se debe lanzar la flecha del tiempo usando el mismo arco de Castro, quien determina por el impacto cuál ha sido el blanco. Incluso la puntería económica mejora con la mira ética puesta en distribuir penas y alegrías entre las generaciones presentes y futuras, así como entre quienes ganan y pierden con cada reforma concreta.

Siempre habrá que escoger entre dos sistemas de valores: derechos humanos y democracia, o prosperidad financiera y crecimiento económico. Qué debe hacerse en cada momento corresponderá decidirlo a los cubanos que dicen saber cómo y asumen la responsabilidad de hacerlo y vivir con las consecuencias. Pero deben pensar dos veces en las cargas que ellos mismos aceptarían, antes de imponérselas a los demás, porque la gente ha sufrido ya mucha pobreza y opresión política.

Aunque no lata democracia, sino repulsión, en los sentimientos anticastristas, el mero intento de proceder a desmantelar la dictadura, preservando las llamadas "conquistas del socialismo" y hasta la épica, tiene los mismos derechos frente a las demás perspectivas de transición. Sus escenarios no pueden ser ciertos o falsos, porque distan mucho de obedecer a la lógica de las probabilidades excluyentes. Aquí cabe ponderar tanto la ancianidad del Comandante en Jefe como su muerte, que para investigadores como Eusebio Mujal-León alterará el actual equilibrio de fuerzas.

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