Ni desde arriba ni pactada
Según el profesor Josep María Colomer, la transición cubana no vendrá desde arriba a lo ruso ni será pactada a lo polaco, sino que arrancará luego de venirse abajo el castrismo, como consecuencia de las protestas internas y las presiones externas. Aun este complicado escenario supone fijar de antemano los límites legales a las diversas reacciones.
Si nadie ha logrado tumbar a Castro, ni siquiera quienes cumplieron cárcel bajo su régimen deberán hacer leña del árbol caído para quemar a otros. Si se considera, por el contrario, que esto sería disfrazar la impunidad con tolerancia inútil, ¿cómo queda entonces la intolerancia, con ese rostro de verticalidad y radicalismo anticastrista que palidece ante la caída por accidente de Castro en Santa Clara?
La mezcla de eficacia y justicia que supere al castrismo contendrá enjuagues y medias tintas en la misma medida en que no han tenido éxito las posiciones extremas. Ninguna condición de partida es autoevidente, pero no será la misma transición si fuerzas de ocupación patrullan las calles o todo discurre pacíficamente. Quizás el diálogo pueda facilitar las cosas a generales como Julio Casas y doctores como Eusebio Leal, pero nadie se llame a engaño: siempre será mejor para todos que la solución alcanzable mediante la guerra civil sobrevenga en virtud de contrato.
Este argumento hobbesiano puede complementarse con otro de filiación kantiana: el contrato debe ser susceptible de justificación para todas las personas interesadas en el arreglo pacífico del conflicto de intereses. A este respecto, quienes nacieron en la Isla y se abstengan de regresar no tienen por qué ser tildados de intolerantes, talibanes o lo que sea. "Hay tantas patrias como personas", aclara el sociólogo alemán Andreas Huber (La patria en la posmodernidad, 1999).
La transición debe conjurar que se restaure el castrismo. Emilio Ichikawa esclareció ya cómo cierta constelación de familias serían "las auténticas fuerzas que guiarán el contexto postcastrista o sobrevivirán en él" (Cuba: la corrupción como estándar moral, 2001).
Si la correlación de fuerzas torna inviable que la vieja guardia retenga su poder (acaso en alianza con la burocracia tecnocrática), podrían subastarse las propiedades estatales. De lo contrario, pudiera traerse a colación hasta la idea polaca que aplicaron checos y rusos con diversa fortuna: redistribuir la propiedad de todo el pueblo (estatal) entre todo el pueblo (por igual).
El cálculo político es simple: semejante privatización despojaría enseguida a la élite comunista de su poder omnímodo. Tampoco se descarta que la restauración del castrismo venga con otro régimen represivo, pero anticastrista.
¿Azúcar, café y pitusas?
Muchos cifran la salvación de Cuba en la sucesión del Estado totalitario por otro igual de paternalista que, amén de médico y maestro gratis, conceda sin cortapisas la oportunidad de abrir quincallas y vender croquetas al detalle. Otros juzgan esta pretensión como craso error, pero deben advertir que no habrá transición satisfactoria desde perspectivas más radicales, cuando ni siquiera es sabido que lo dicho y hecho en interés de los demás es realmente bueno para todos. |