La sana crítica no puede admitir que los exiliados suspiren por pasearse en La Habana con medallones de oro en el cuello y los extranjeros vengan a robar gallinas para sentirse importantes entre la mierda y la desolación. Mas resulta comprensible que los cubanos en el exterior transfieran mil millones de dólares anuales en remesas y no tengan influencia dentro: la clase política de afuera ha venido fracasando.
Aun el juicio de que la mayoría dentro se contentará con pitusas y cerveza, además de salud y educación gratis, parece tener asiento histórico. Según la temprana indicación del padre Varela, en Cuba no había amor "a nadie más que a las cajas de azúcar y a los sacos de café" (El Habanero, 1824). Es posible que el ideal democrático se haya reducido hoy a la bodega llena. Quizás Raúl Castro no afirmó en balde: "Si hay comida para el pueblo, no importan los riesgos" (Granma, septiembre 17 de 1994).
La transición tendrá que pasar entre la Escila de mejorar la economía con privatización de empresas y liberación de precios, y la Caribdis de mantener la tensión del trabajo y el capital dentro de límites soportables. Las llamadas "conquistas del socialismo" deberán manejarse con precaución, por imperativos de eficacia y estabilidad políticas. La mano dura reformista intensificaría la nostalgia bolchevique.
Los análisis econométricos en Europa del Este parecían respaldar que cuanto más rápida la privatización, más rápido el crecimiento. Hasta que serias dificultades frenaron de repente el desarrollo en los países de mayor ímpetu reformista. La liberación consistente de precios no prendió en ninguno, porque encontró la resistencia de numerosas fuerzas sociales. El óptimo de aquella rapidez y esta consistencia se alcanzará por las ponderaciones de cómo mejorar la eficiencia económica sin dar motivo a brotes violentos de insatisfacción.
El dilema del tiempo se presentará también como tironeo entre justicia y continuidad. La cesantía de dirigentes y especialistas deberá contar con que no siempre habrá substitutos competentes. Cuanto más radical justicia, menos continuidad. ¿Y hasta qué punto sería justo que la justicia siguiera impartiéndose como venganza política del vencedor, según denunciara Ricardo Bofill en uno de los primeros alegatos del Comité Cubano Pro Derechos Humanos: Patraña de Castro contra Martha Frayde (1977)?
Fórmula de chiripa
Si los expropiados por Castro deben ser compensados, lo haría el nuevo Estado, pero con el dinero de los nuevos contribuyentes. ¿Por qué deberían estos, en su mayoría pobres, pagar el monto de viejas injusticias? Este avatar del mismo dilema no pierde relevancia porque la mayoría de los exiliados eche a un lado la preocupación de recuperar sus propiedades. La minoría que cabildeó la Ley Helms-Burton (1996) posee vigor político bastante para complicarlo todo.
Pobre Cuba, pobre gente que presupone, además de aquella despreocupación, que el exilio regresante tendrá a su disposición un capital humano insuperable. La relación óptima entre los niveles de instrucción y el mercado laboral competitivo se perdió ya en la Isla, junto con el privilegio geopolítico de "crucero universal" atribuido por Martí (Manifiesto de Montecristi, 1895) de acuerdo con la rancia tradición de la Real Cédula (mayo 24 de 1634) que bautizó a Cuba como Llave del Nuevo Mundo.
La transición será proceso de aprendizaje social autocontrolado hacia la nueva república cubana, como propuso Jesús Díaz, sobre las bases del Estado de Derecho, que constituye el intermediario reconocido entre el hombre moderno y su libertad. Está claro que la libertad es peligrosa, porque implica la angustia responsable de elegir cada uno su destino y sus acciones, pero no es bueno sentir que faltan líneas y echar de menos algo que se avizora como esperanza paradójica.
En vez de subrayar el pasado, Carlos Alberto Montaner viene reforzando el trazo hacia la democracia y la economía de mercado con el matiz de tolerancia que pondría a salvo el futuro (Cuba: un siglo de doloroso aprendizaje, 2002). Sin embargo, Maquiavelo se percató ya de "cuán difícil es a un pueblo acostumbrado a vivir bajo la potestad de un príncipe, mantenerse libre por si acaso conquista la libertad" (Discursos sobre la primera década de Titio Livio, 1513-19).
Sólo queda en pie la aporía, formulada de chiripa por José Soler Puig, de que "mientras no hubiera libertad no se podría hacer una definición entera de su significado" (Bertillón 166, 1960). Desde la orilla del Duero llega otra aguda observación: "Amigo, hablar de Cuba es sufrir; escribir de ella, más". |