Este modelo dialéctico de transitología suscita varias objeciones. La primera atañe al carácter irreformable del castrismo. El ejercicio de la libertad de expresión y del derecho de asociación, la creación de partidos políticos que representen los diversos criterios vigentes, la celebración de elecciones libres, la amnistía de los presos de conciencia, la eliminación de la discriminación económica y social basada en criterios ideológicos, todo eso y mucho más, es incompatible con la Constitución, el Código Penal y el resto del aparato administrativo-jurídico y productivo del país. Para expresarlo en términos "orteguianos", no se trata de suprimir los abusos, sino de cambiar los usos. El problema no consiste pues en modificar esta ley o aquel tribunal, sino en la necesidad de cambiar el régimen en su totalidad y sustituirlo por otro modelo sociopolítico.
A esta necesidad se opone, sobre todo, el inmovilismo de Castro y sus acólitos. En 46 años de dominio absoluto del país, el Máximo Líder ha autorizado distintas modificaciones, a menudo de signo contradictorio, pero todas con un denominador común: han sido los cambios estrictamente necesarios para mantener su poder omnímodo.
Los demás criterios (bienestar de la población, eficacia económica, imagen internacional, etcétera) están subordinados a ese principio inconmovible: "salvar la revolución", o sea, mantener el monopolio político-militar-económico del Partido único, o sea, preservar el poder personal sine die del Comandante Único. Por eso, a diferencia de lo que ocurrió en España después de la guerra civil, la sociedad cubana no ha experimentado en los últimos 46 años una evolución paulatina hacia la prosperidad y los valores democráticos.
Los plazos y el tiempo
La otra faceta del asunto es que, confortado por el éxito de esa estrategia de enroque y enfrentado a su avanzada edad y deterioro físico, Castro tan sólo se ocupa ahora del aspecto táctico, es decir, de ganar tiempo.
Desde 1989, no hay en Cuba planes de largo alcance, ni proyecto colectivo alguno. Del "período especial" a la "batalla de ideas", todo es tanteo e improvisación. Sobrevivir. Resistir. Aguantar lo más posible, sin parar mientes en el costo. Buscar créditos a corto plazo, aunque los intereses sean leoninos. Procurar que el exilio y los bancos internacionales financien la zafra o la prospección de petróleo, para ir tirando. Tratar de que los granjeros estadounidenses presionen al Congreso para que Bush ponga fin al semi-embargo comercial y le abra las puertas del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Lo único que en verdad importa es "resolver" hasta el mes que viene, saldar el próximo pago. Es como si todo lo que Castro hubiera aprendido de Keynes fuera la célebre frase del libro sobre la reforma monetaria que el economista inglés publicó en 1923: "A largo plazo, todos estaremos muertos".
Ante esta realidad, las 25 cancillerías europeas han optado por ajustarse al juego táctico de La Habana: aceptar el carácter vitalicio del régimen y dar prioridad también a los dividendos a corto plazo. Además, la preservación del statu quo no está totalmente desprovista de ventajas. La primera es que Europa vuelve a desempeñar ante la opinión pública el cómodo papel de un poder tolerante, cauto y civilizador, cuya (in)acción contrasta con la prepotencia de Washington.
Luego está la cuestión del comercio y las inversiones. El embargo norteamericano beneficia a los negociantes europeos, al mantener a raya a una competencia que podría actuar en la Isla con cierta ventaja comparativa. Por último, esa política de tierna severidad cuenta con el beneplácito de no pocos europeos, que ven en Cuba un balneario soleado bien abastecido de ron, música y adolescentes de ambos sexos disponibles a precio de saldo.
Sin duda, entre las consecuencias más probables de una transición democrática en Cuba estarán la reanudación de los vínculos comerciales con los norteamericanos en detrimento de los europeos y el declive de la "disneylandia prostibularia" del tardocastrismo, una vez que la población de la Isla recupere las libertades económicas y la capacidad de crear empresas y generar empleo.
Mientras tanto Europa, haciendo gala de su aguda miopía, le tiende a Castro una mano de cera enfundada en un guante de seda, con ánimo de seguir juntando lo útil a lo agradable. |