O, en vía inversa, lo que se detecta en el desplazamiento ocurrido en el Foro Mundial Social de Porto Alegre, que, como lo han reseñado corresponsales de América Latina y Europa, ha pasado de ser el escenario para la búsqueda de respuestas comunitarias, plurales y alternativas al neoliberalismo y al estatismo comunista (a los "pensamientos únicos"), para convertirse en un espacio dominado por el mito guevarista, la ultraizquierda latinoamericana y la intolerancia expresada en los abucheos a Lula, la negativa de acceso al recinto del foro al recién electo prefecto de Porto Alegre, y la modificación del carácter no gubernamental del evento para servirle la audiencia en bandeja de plata a la actividad proselitista de un presidente, Hugo Chávez.
Si a estos "síntomas" le agregamos los más recientes desplantes que en medio de sus largos estertores profiere el anciano líder de La Habana en contra de Europa; la explícita intervención, de palabra y de acción, del régimen de Chávez en los asuntos internos de los países vecinos y la del gobierno y la burocracia cubana en los de Venezuela; o las paredes caraqueñas que el pasado 23 de enero, luego del paso de la marcha oficialista, quedaron remarcadas por pintas que exaltaban la solidaridad con las FARC y el ELN (Ejército de Liberación Nacional) y declaraban a Granda como héroe bolivariano en el combate internacional contra el neoliberalismo, pues tenemos suficientes piezas para entender que el gobierno venezolano está colocando al país en el epicentro de un conflicto de alta intensidad que ya tiene tiempo desarrollándose ante nuestros ojos, pero que pocos logran verlo en su verdadera dimensión.
Para comprender esta nueva situación nos sirve el conflicto Granda, pero también para mirar a largo plazo y entender que el mundo auténticamente democrático de América Latina y Europa —el que condena por igual los golpes de Estado o las invasiones militares como camino de resolución del conflicto político— tiene la obligación de reaccionar y ofrecer nuevas opciones que impidan que a escala internacional también se produzca una polarización entre opciones igualmente fanáticas y anacrónicas.
Alternativas
Si quienes no creemos que la alternativa al autoritarismo del proyecto Bush, es el autoritarismo prediluviano de Fidel; que para hacer oposición a Chávez hay que celebrar a Bush o "hacernos los locos" con las ilegalidades del gobierno Uribe, o, a la inversa, que para frenar a Bush debemos justificar el apoyo de Chávez a las FARC y la grosera y fraudulenta nacionalización de Granda, no logramos actuar con celeridad, corremos el riesgo de convertirnos en el relleno de un sándwich por las dos opciones mencionadas, que tienen en común el presentarse como sendas anacronías, como una persistencia de ideas y conceptos cuyo fracaso el mundo ya probó, cuando de lo que se trata es de hurgar en el futuro explorando salidas novedosas a la "fatiga democrática".
Tal vez haya que tomarse en serio la taxonomía propuesta por la vicecanciller Delsy Rodríguez (El Nacional, 30 de enero de 2005, A4), la hermana de Jorge Rodríguez, el presidente del Consejo Nacional Electoral, quien sugiere una diferencia radical entre las izquierdas, las no revolucionarias, a la manera de los socialismos europeos, y las revolucionarias, como el proyecto chavista, que luchan contra el capitalismo porque este "niega la condición humana" y, por tanto, abren la puerta a la "colectivización de la propiedad".
Tal vez necesitemos en Venezuela, con urgencia, una alternativa como la de las izquierdas del sur —Lagos, Lula, Tabaré—, que igual enfrentan a las oligarquías y a las derechas locales, pero no coquetean con el totalitarismo cubano, no le hacen guiños a Tiro Fijo, Sadam, o a Gaddafi, mantienen la autonomía de poderes, y, sobre todo, advierten el valor de la producción y las reglas de juego claras, más que de las ideologías, en la lucha contra la pobreza.
Porque, como una vez sentenció Manuel Caballero, uno no sale de una pesadilla cambiando de monstruo: uno sale de una pesadilla despertándose.
* Publicado por El Nacional, Caracas. |