La reconciliación política es, ciertamente, la más difícil, ya que depende de un pacto de coexistencia entre los actores políticos anclado en las libertades y los derechos ciudadanos. No obstante, los cubanos también hemos conseguido algunos logros que nos mueven lentamente hacia el centro. A todas luces, los de la Isla —incluso la mayoría dentro del propio régimen— apoyan una reestructuración económica profunda que sólo la terquedad de Castro impide. Esta brecha insalvable entre el Comandante y la sociedad, así como con amplias zonas oficiales, es un buen augurio para el día después. Pese a su aferramiento al embargo, el Miami cubano ha cambiado en dos sentidos que también son prometedores.
El primero tiene que ver con la violencia. A lo largo de los sesenta y los setenta, la oposición a la revolución se manifestó violenta en Cuba y desde el exterior. Para fines de los sesenta, la oposición armada en Cuba prácticamente había desaparecido. Un sector militante del exilio, sin embargo, siguió esgrimiendo medios violentos contra objetivos castristas fuera de Cuba. La voladura de una nave de Cubana de Aviación en 1976 fue, sin duda, la acción más deplorable. A la par, algunos exiliados también fueron víctimas —por ejemplo, asesinatos y atentados contra negocios y residencias— por esbozar vías pacíficas contra Castro e, incluso, buscar contactos con Cuba. A fines de los setenta, la incipiente apertura que la administración de Jimmy Carter intentaba con La Habana provocó un aumento de la violencia.
La elección de Ronald Reagan fue una bendición para la evolución del exilio. Por un lado, la nueva administración inmediatamente cerró la distensión iniciada por Carter. Por otro, los esfuerzos ya emprendidos por Jorge Mas Canosa para crear la Fundación Nacional Cubano-Americana (FNCA) encontraron terreno fértil en Washington. A partir de los ochenta, Mas Canosa y la FNCA —sin proponérselo— contribuyeron a apartar la violencia como medio principal de la lucha anticastrista al alcanzar éxitos como Radio Martí (1985) y el Cuban Democracy Act (1992) por vías políticas.
La reorientación del exilio
Hace 15 años, el exilio se veía a sí mismo como el actor cardinal en la cuestión cubana. Por una parte, a partir de mediados de los setenta, la disidencia en Cuba había alzado la bandera de la resistencia pacífica y el exilio rechazaba ese camino. Por otra, a fines de los ochenta, Gustavo Arcos Bergnes y Elizardo Sánchez Santacruz —dos disidentes de primera fila— reclamaron a Castro un gran diálogo nacional entre todos los cubanos incluyendo al exilio.
Ambos fueron duramente atacados por gran parte del Miami cubano por el acercamiento al régimen que la propuesta de diálogo implicaba. Con todo, el desmoronamiento pacífico del antiguo bloque socialista y la agrupación de un mayor número de disidentes y opositores en la Isla sirvieron para orientar al exilio hacia Cuba. A lo largo de los noventa, grupos políticos en Miami trabaron vínculos estrechos con organizaciones políticas y de derechos humanos en la Isla. Por estos vínculos que tanto mortifican al régimen, la mayoría del Miami cubano hoy identifica a los cubanos en la Isla como los principales protagonistas del futuro de Cuba. Este reconocimiento es el otro sentido en que la comunidad cubana ha cambiado.
Mientras Castro permanezca al mando, el Miami cubano difícilmente modificará su posición sobre el embargo. Una polarización política tan intensa y duradera como la de Cuba no se destensa a empellones ni de la noche a la mañana. Los cambios que los cubanos en Miami experimentaron a lo largo de los noventa deben ser valorados con miras al futuro. Ambos son positivos y nos mueven hacia la despolarización necesaria para que, finalmente, una Cuba democrática se establezca. De igual modo, no vendría mal que la UE tendiera puentes al Miami cubano desde ahora, ya que —aunque secundario— éste también será un actor en la Cuba del día después del velorio. |