Por otra parte, las autoridades parecen tener claro lo que ha confirmado el proceso de preparación de los próximos comicios municipales, a saber, el nivel de apatía, desencanto y rechazo que cunde en la ciudadanía, privada, por demás, de vías para expresar sus ánimos e inquietudes. Por lo que desde el poder se manifiesta el justificado temor de que las alternativas políticas y cívicas independientes ganen en el interior de la sociedad cubana la visibilidad y reconocimiento que ya tienen internacionalmente.
Parece no bastar la represión institucionalizada —detenciones arbitrarias, juicios sumarios, condenas injustas y desproporcionadas, crueldad carcelaria, ensañamiento con las familias de los reclusos y la eventual aplicación de la pena capital— para asegurar que el descontento y la desesperanza no se conviertan en rechazo manifiesto.
Acaso los gobernantes cubanos pretenden con este nuevo desenfreno represivo dinamitar los puentes que trabajosamente va armando la Unión Europea en su esfuerzo por restablecer el diálogo político y activar mecanismos de concertación eficientes que contribuyan a crear ambientes positivos para el mejoramiento de los climas políticos internos y la imagen exterior del régimen.
Acaso el alto liderazgo apuesta una vez más por echar leña al fuego de la confrontación, precisamente en el momento en que sesiona en Ginebra la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, principal escenario de ese pugilato político y diplomático entre dos bandos que se alinean —con el gobierno cubano o el norteamericano— y donde cada vez tiene menos peso real la situación de los derechos humanos del pueblo cubano.
Si lo que se analiza en Ginebra no es el carácter estructural e institucional de la violación de los derechos humanos en nuestro país, si la letra de la resolución que allí se presenta y el resultado de la votación no reflejan la realidad que aquí se vive, ni el criterio internacionalmente generalizado sobre el delicado tema, entonces la confrontación política le ganó la partida a la valoración técnica y humanista del tema, lo cual conviene al gobierno cubano para apuntalar, hacia fuera, su imagen y discurso de débil acosado y justificar, hacia adentro, su cumplida vocación represiva.
El heraldo castrista en Bruselas
Este es el escenario que, a su paso por La Habana, encuentra el señor Miguel Ángel Martínez, diputado al Parlamento Europeo por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), quien ha sido enviado por sus electores a Bruselas para defender los valores de la democracia y la dignidad del individuo, pero que se dedica a defender sin objetividad ni matices el régimen que impera en un país que se aleja mucho del ideal europeo.
Mal pagan las autoridades cubanas la traición que en su favor hace el señor Martínez a los que con el voto libre, que no existe en Cuba, le otorgaron la investidura política y el bienestar material que disfruta. Será interesante ver cómo el heraldo castrista de Bruselas justifica ante sus colegas y electores las turbas desatadas y la inducida aplicación de la ley de Lynch en el paraíso revolucionario del Caribe. Él sabrá qué hacer con su discurso y con su conciencia.
Las Damas de Blanco demostraron una convicción y entereza que estremeció a sus propias agresoras, las heridas y lesiones del doctor Ferrer y sus compañeros sanarán con el tiempo, pero su fe y determinación de lucha no fueron ni siquiera tocados por la cobarde saña de los asaltantes.
Aunque el gobierno esté dispuesto a llevar la represión política hasta sus últimas consecuencias, los cubanos que han escogido la opción de la defensa pacífica, pero pública, de la democracia y los derechos humanos, han logrado trascender los diseños represivos oficiales; lo cual, unido al desquiciamiento que causa el desprecio que por los derechos y la dignidad de los individuos demuestra el régimen, puede contribuir a derrumbar el muro invisible, pero hasta ahora efectivo, que separa durante muchos años al pueblo cubano de los luchadores pro democracia.
La luz del "faro revolucionario de América", por tanto tiempo alimentado por la excelencia del discurso y la esperanza de muchos alrededor del mundo, parece extinguirse definitiva e irremediablemente; aunque la esperanza de algunos amantes lejanos sea lo último que se pierda y el discurso —por mucho tiempo divorciado de la realidad— sea lo último en acallarse. |