www.cubaencuentro.com Lunes, 04 de abril de 2005

 
  Parte 3/3
 
El Papa en La Habana
Castro, la Iglesia cubana y El Vaticano: ¿Mantenerse en el poder bien valía una misa?
por ALEJANDRO ARMENGOL, Miami
 

Tras el triunfo del primero de enero, por primera vez en la historia cubana, la Iglesia Católica se vio obligada a lanzarse a una confrontación abierta con el poder estatal. El enfrentamiento fue relativamente corto y salió muy mal parada. El régimen logró reducir la institución al mínimo, pero al mismo tiempo evitó el recurrir a un terror sanguinario, capaz de convertir en mártires a los miembros del clero y a los fieles.

A diferencia de otros procesos revolucionarios —por ejemplo, lo ocurrido en México y España—, en Cuba no se fusilaron curas. Esto no quiere decir que la represión no fuera sistemática y despiadada. Cuando la Iglesia hizo pública su oposición, se le acusó de "falangista y contrarrevolucionaria". Decenas de sacerdotes fueron arrestados. El 12 de septiembre de 1961, 132 de ellos —encabezados por el obispo Boza Masvidal— fueron expulsados del país.

Con apenas 100 sacerdotes en la Isla, las escuelas católicas nacionalizadas, las procesiones prohibidas y las actividades religiosas limitadas a los templos, la Iglesia vivió sus momentos más duros durante la segunda mitad de la década de los sesenta.

Represión contra los fieles

Al quedar reducida al mínimo la estructura institucional religiosa, la represión se concentró en los fieles. Entre 1965 y 1966 se envió a centenares de católicos a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), donde fueron obligados a realizar trabajos forzados —el arzobispo de La Habana, cardenal Ortega, fue uno de ellos. A partir de entonces, el temor sustituyó a las formas más directas del terror. A los católicos se les prohibió el acceso a muchas carreras universitarias, se les impidió ejercer el magisterio, se les excluyó de los cargos de dirección y se les mantuvo bajo estrecha vigilancia, en escuelas, barrios y centros de trabajo. En cada cuadra, los católicos sabían que sus pasos eran seguidos de cerca por los miembros de los cuerpos represivos.

A finales de la década de los años sesenta, la Iglesia inició una reorientación encaminada a establecer una mejor comunicación con el gobierno. Los seminaristas comenzaron a asistir a algunos trabajos agrícolas y el hecho apareció reflejado en la prensa oficial. Importantes funcionarios de El Vaticano empezaron a viajar a la Isla para fortalecer los vínculos con la Iglesia nacional.

En las décadas de los años ochenta y noventa continuó este proceso, en que la Iglesia Católica volvió a formar parte de la vida cotidiana cubana. Al mismo tiempo, la crisis y posterior desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista, junto al deterioro sin interrupción de las condiciones de vida y los valores de la sociedad cubana, atrajeron a nuevos creyentes. De la confrontación, la aceptación y el diálogo, la Iglesia pasó a una participación activa pero limitada.

Ampliar esta participación, desde el punto de vista institucional, fue uno de los objetivos del Pontífice durante su visita a Cuba. Lo logró en cierta forma. No sólo con el regreso del feriado de Navidad a la Isla —un gesto que podría interpretarse sólo con carácter simbólico, aunque es también una aceptación de una celebración excluida por decreto del acontecer nacional y ajena por completo a la filosofía del sistema—, sino fundamentalmente con el apoyo de El Vaticano a una Iglesia nacional que continúa su labor en condiciones difíciles.

Si Castro no ha permitido un mayor aumento del papel institucional de la Iglesia en la Isla —acceso a los medios de comunicación, enseñanza religiosa, eliminación de las restricciones a la entrada de sacerdotes y religiosas extranjeras, y ampliación de la labor de las instituciones caritativas católicas internacionales— es porque sabe que la percepción que en la actualidad tiene el cubano sobre esta es diferente a la existente con anterioridad. La Iglesia ya no se asocia con el poder, sino con una alternativa a ese poder.

Desde hace años, la Iglesia Católica quiere establecer un diálogo serio con el gobierno, que sirva de vía a una democratización del país. Los obispos cubanos realizaron ese llamado en 1994 y aún siguen esperando.

Castro no sobrevivirá al legado del Papa

A comienzos de 1958, en el mes de marzo, dos arzobispos y cinco obispos cubanos publicaron un llamamiento a todas las partes del conflicto para que depusieran las armas, y al dictador Fulgencio Batista para que convocara a un gobierno de unidad nacional. El destino de Cuba sería otro si el reclamo hubiera sido escuchado. Los oídos sordos de Batista terminaron no sirviéndole de mucho. Castro sobrevive a Juan Pablo II. No sobrevivirá a su legado.

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