Una declaración de la empresa cubana Alimport publicada en el diario oficial Granma (26 de febrero) fija la posición de las autoridades de la Isla acerca de la disposición del Departamento del Tesoro, que impone el obligatorio pago por adelantado de las mercancías que proveedores de varios estados norteamericanos exportan a Cuba.
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| Pedro Álvarez (dcha.), presidente de Alimport, durante la firma de acuerdos con un empresario norteamericano. |
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Según admite la entidad comercial encargada, en poco más de tres años (desde diciembre de 2001) el gobierno cubano ha adquirido en Estados Unidos productos alimenticios por valor de más de 1.250 millones dólares (4,9 millones de toneladas métricas).
Según expresa la mencionada declaración de las autoridades cubanas, "la disposición anunciada constituiría una escalada dirigida a entorpecer las ventas de alimentos, sujetas de por sí a numerosas restricciones impuestas por EE UU".
La declaración de Alimport agrega que "…esta medida hace totalmente inseguras las compras en Estados Unidos al poner en peligro la alimentación directa de la población cubana, incluida la infantil, y la adquisición de materias primas que se utilizan en la elaboración de otros alimentos".
La Habana ha preferido erogar en pocos meses sumas multimillonarias para comprar en la nación enemiga renglones que podrían producirse en el país, en lugar de dedicar esos recursos a recapitalizar la agricultura cubana, degradada hasta los límites de la depauperación por tantos años de improvisación y voluntarismo de un sistema siempre divorciado del humanismo y de toda lógica económica.
Acaso el alto liderazgo de la Isla pretendió obnubilar a los productores norteamericanos con las apreciables sumas que por los suministros paga al contado, con la esperanza de que estos ejercieran presión política sobre las instancias gubernamentales y legislativas del vecino del norte, para pulsar un cambio en la tradicional política de presiones económicas que por más de 40 años matiza las relaciones entre los dos países.
Tal parece que la sospecha no está descaminada. No debemos olvidar que hace varios meses un viceministro de Relaciones Exteriores fue defenestrado, precisamente por afirmar que tales transacciones comerciales con Estados Unidos tenían el objetivo de horadar o debilitar las leyes y medidas de presión unilateral con que la clase política norteamericana trata de impulsar cambios fundamentales en la Isla.
Endeudados con medio mundo
De cualquier manera, La Habana ha olvidado que el país necesita producir y vender, tomando, además, la decisión de dar la espalda a sus compromisos con los socios comerciales y proveedores (europeos y latinoamericanos, fundamentalmente). Estos últimos, durante más de una década —desde la desaparición del campo socialista—, han soportado a pie firme la inconsecuencia financiera de La Habana, que, endeudada con más de medio mundo, se dedica a pagar al contado la mercadería que recibe del país enemigo, con todos los riesgos que esto implica.
Si nos ceñimos a la letra de la declaración que nos ocupa, los suministros que llegan de Estados Unidos revisten importancia capital para la alimentación diaria de la población cubana. Esto nos mueve al análisis de que, después de tantos años de confrontación permanente, nos hemos convertido en el país más dependiente del vecino del norte; puesto que las remesas monetarias de los exiliados cubanos constituyen la principal fuente de ingresos en divisas y los alimentos de "mañana" también deben llegar de allí.
El carácter surrealista de esta atrofiada dependencia radica en el hecho de que Cuba no puede vender ni un gramo de níquel a esa sui géneris contraparte comercial.
Sin embargo, llama poderosamente la atención que en los informes rendidos a la Asamblea Nacional por los principales jerarcas económicos del régimen, estos dos elementos —remesas y compras a EE UU— son totalmente ignorados. Es decir, que el alto liderazgo del país decide poner nuestra economía a merced de su sempiterno enemigo y el máximo órgano de poder del Estado no es siquiera informado de los detalles e implicaciones de tal relación.
Cabría preguntarse de qué manera vamos a enfrentar una supuesta agresión norteamericana —como afirma el gobernante cubano en sus inacabables bravatas antiyanquis—, si los más elementales suministros de alimentos provienen del presunto enemigo.
Sin reconocer el fracaso
Está muy claro que las condiciones impuestas por las autoridades estadounidenses para la concreción de estos suministros (pago por adelantado y al contado, no extensión de créditos, etc.) se alejan considerablemente de las prácticas comerciales al uso en la arena internacional; pero se corresponden con el ambiente que matiza las relaciones entre los dos países.
Lo que sí resulta inexplicable es que un gobierno decida olvidarse de socios y acreedores para enredarse en tan peligrosos trasiegos comerciales con su enemigo de siempre, o que se empeñe en gastar en estas compras más de mil millones de pesos (al cambio oficial) al año, en lugar de reconocer el fracaso del modelo de centralización y las contingencias, para poner a los trabajadores agropecuarios en el centro de un proceso de recuperación de las capacidades productivas.
Al final de la declaración, este comercio —que se realiza en un solo sentido y con amplias restricciones para la parte cubana—, es calificado como mutuamente beneficioso. Poderosas razones tendrán las autoridades cubanas para preferir comerciar con el enemigo, con todo y sus consecuencias, antes que abrir para los ciudadanos los espacios de desenvolvimiento y participación económica que tanto necesita nuestra empobrecida nación. |