Estas garantías se consiguieron finalmente en abril de 1898 cuando, en medio de la crisis provocada por la voladura del Maine y al tiempo de darle un ultimátum a España, una resolución conjunta del Congreso afirmaba que "Cuba es, y de derecho debe ser, libre e independiente". En ese logro, la mediación personal de Rubens en el Congreso resultó decisiva, y en tal medida, que no faltó quien dijera que la independencia de Cuba se la agradecemos a él. Filipinas y Puerto Rico no contaron con este lobby y, en consecuencia, no tuvieron la misma suerte que Cuba.
Júbilo en el campo mambí
La noticia de que Estados Unidos entraba en guerra con España —como bien relata Orestes Ferrara en sus memorias— fue recibida con desbordante júbilo en el exhausto campo mambí, pese a que ya hacía meses que Weyler había sido relevado de su cargo y que España había instaurado el régimen autonómico. Lejos de verlo como una intromisión que venía a frustrar el triunfo de los cubanos (como suelen repetir sin fundamento algunos historiadores contemporáneos), el liderazgo insurgente se aprestó a colaborar con los norteamericanos, quienes no sólo arrojaron a los españoles, sino que, en cuatro años de ejemplar administración, levantaron un país en ruinas e hicieron posible la prosperidad de una república que muy difícilmente los cubanos hubieran podido alcanzar por sus medios.
A cambio de esa extraordinaria mediación, Estados Unidos exigió pocas cosas: la cláusula de la Enmienda Platt que hería el orgullo nacional, pero que, vista serenamente, era una garantía para la estabilidad del país (¡ojalá hubiese estado vigente en 1959!); algunos terrenos para estaciones carboneras de la Armada, que terminaron por fundirse en la base naval de Guantánamo; y el respeto al Tratado de París. Este último —que los intelectuales y patriotas nunca han cuestionado demasiado— sí resultó lesivo para Cuba, ya que legitimó las confiscaciones practicadas por España durante medio siglo e impidió que el patriciado cubano que iniciara el movimiento independentista —y las clases que les eran afines— recuperaran sus propiedades en la república, lo cual tendría secuelas muy trágicas en la vida nacional.
Desgraciadamente, estos pragmáticos cubanos de entonces no parecen repetirse en nuestra situación actual. Cuando el Sr. López-Levy intenta ilustrar en su artículo las opiniones de los chalabistas de hoy, no puede mencionar más que la mía; pese a afirmar que no estoy solo en esa posición.
Me consuela pensar en esos que, silenciosamente, comparten mi opinión de que lo más sano y eficaz para Cuba es la solución radical que, reafirmando nuestra colectiva ineptitud, ponga en manos de Estados Unidos el retorno al régimen democrático; pero lo cierto es que nadie más se atreve a decirlo y mucho menos a solicitarlo; por el contrario, esa denostada "derecha" de Miami, a la que a diario se le acusa de anexionista, plattista y reaccionaria, se cuida mucho de reiterar las soluciones pacíficas, negociadas, etcétera, que se han ido convirtiendo en las cláusulas intocables del credo de la "transición"; así como de respaldar el liderazgo de los que dentro de Cuba se aprovechan de los escasos resquicios de libertad que permite la decrepitud del régimen para proponer soluciones dialogadas, que tal vez resulten atendidas en algún momento del futuro por los sucesores de Castro, quien, según su médico de cabecera, tiene salud para vivir ciento veinte años.
De la legitimidad y el embargo
La cuestión de fondo, a mi ver, es si la sola permanencia de un régimen en el poder, por arbitrario y tiránico que sea, le confiere carta de legitimidad. Creo que este punto es, pese a no haber sido muy expuesto, el que más divide a los cubanos y, particularmente, a los cubanos que piensan y que escriben.
Los que presumen de realistas, casi todos nacidos bajo el castrismo, se inclinan a concederle esa legitimidad sin más respaldo que el tiempo (casi medio siglo de existencia). Para otros, el régimen de Fidel Castro constituye una anomalía, una grave aberración, un hiato de horror que debe ser negado en su totalidad para que nuestro interrumpido proyecto nacional pueda reemprender el camino del desarrollo. Cualquier avenencia con la gestión totalitaria —aun en el trance de desmontarla— comprometería por mucho tiempo el futuro del país, ya que tendería a la conservación de ciertos privilegios —políticos o económicos— espurios y a la perpetuación de muchas de las lacras derivadas de esa gestión, o directamente inducidas por ella, que minan gravemente la vida cubana. |