El ministro también niega la existencia de "casos de tortura ni de maltrato de presos". Sus palabras carecen de valor ante los miles de testimonios de víctimas y victimarios.
Todas estas negaciones constituyen la parte del discurso que a Prieto le es más fácil sostener. El ministro como policía. Nada ayuda tanto como un Estado policial para fabricar un delito.
Hay otro aspecto en que Prieto sabe que se mueve en otro terreno. No se trata de encarcelar a un "delincuente", sino de cerrarle el paso a la divulgación de una obra literaria. El encierro puede impedir —o al menos limitar— la labor de un periodista: reducir su mundo a cuatro paredes, negarle el acceso a la información de lo que ocurre en el exterior, tratar de imposibilitar que lo que escriba —si es que lo dejan escribir— se conozca fuera de la prisión. Una novela, un cuento y un poema se mueven por otros cauces.
Por eso, el ministro se vio obligado en sus palabras a inventar dicotomías, de una forma esquizoide. Justificó el castigo de los disidentes recurriendo al conocido expediente castrista de que estos son "agentes del enemigo". Con uno de ellos, el poeta y periodista Rivero, trató de ser más "generoso". Por algo Prieto es ministro de Cultura, y no representa el papel de un simple policía. Ni hablar de limitarse sólo al expediente judicial.
Releyendo a Stevenson
Rivero, según Prieto, es "un auténtico intelectual". Aquí surge el primer problema para el ministro. Hace años habría bastado decir que era un "agente de la CIA". Los tiempos han cambiado. Ahora hay que convertir al poeta en dos personas. El Rivero bueno es el poeta y escritor de artículos de opinión. El Rivero malo es el "colaborador". Una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde que se paseaba por La Habana. Fue imposible meter en la cárcel sólo a uno de los dos. Ello explica que el Rivero bueno pudiera escribir poemas de amor en la cárcel, mientras el malo estaba en una celda de castigo, rodeado de sapos y alimañas. Generosa de nuevo que es la revolución.
Gracias al apoyo internacional, el Rivero bueno (no hay que olvidar que es poeta) logra salir de la cárcel y marchar a España. No le queda más remedio que cargar en su viaje con el Rivero malo, que hubiera preferido seguir "colaborando" desde La Habana. Curioso que en el expediente judicial no aparezcan nunca las acciones del Rivero malo. Pero eso nadie se lo preguntó al ministro, durante el encuentro organizado en Madrid por el Club Internacional de Prensa.
Ahora Prieto —que por algo es ministro de Cultura y no un simple policía, como ya se dijo— está preocupado por el destino de los poemas y las ideas políticas del Rivero bueno. ¿Teme que Mr. Hyde acabe por apoderarse por completo del cuerpo del Dr. Jekyll? No hay que olvidar tampoco que el ministro de Cultura —que aparenta no ser policía— es también novelista, así que debe conocerse la trama de la novela de Stevenson.
Mal rato pasó el ministro tratando de explicar la verdad sobre el caso Rivero. Por eso quiso desquitarse al referirse a Valdés y Cabrera Infante.
A la novelista cubana trató de despacharla rápido. Negó que en la Isla existiera censura política, pero afirmó que "no estaría mal" que existiera censura literaria. Fue un respiro para él encontrar un terreno donde pudiera ser policía a secas, aunque fuera simplemente un agente del orden literario. |