"No todo es publicable", dijo al referirse a los libros de Valdés. El ministro olvidó que la decisión sobre la publicación de una obra, y el valor de esta, es un asunto editorial, que también interesa a los lectores y a la crítica. Omitió hacer referencia a la activa labor intelectual de Valdés en contra del régimen de La Habana. Aquí no hizo falta apelar a dicotomías. Le bastó pasar de crítico a censor. Sólo que el papel de un ministro de Cultura no es censurar, sino divulgar.
Si la obra de Valdés no se publica por criterios literarios —dejando a un lado todos los aspectos relativos a acuerdos editoriales—, ¿por qué se omite su nombre de la prensa oficial, salvo para atacarla en alguna publicación destinada a un público extranjero? Dar noticia de los premios obtenidos por la escritora no es valorar su obra: es simplemente divulgar una información. Cuba no sólo no publica a Valdés, sino que ignora su existencia.
El canon literario cubano
Queda por último el caso de Cabrera Infante. El caso de censura cubana que por años ha perseguido a los funcionarios cubanos. Prieto dice que Cabrera Infante está en "los diccionarios de literatura". La referencia alude a la edición en Internet del Diccionario de Literatura Cubana, porque fue notoria su exclusión de la edición impresa de 1980.
Por otra parte, desde hace muchos años la prensa oficial cubana ha omitido cualquier referencia a Cabrera Infante, desde el otorgamiento del Premio Cervantes hasta su fallecimiento reciente. El ministro afirma que en Mea Cuba Cabrera Infante escribió contra José Martí. Eso es falso. No sólo Cabrera Infante no escribió contra Martí en el libro mencionado, sino que fue el más importante escritor exiliado que se encargó de la divulgación de la obra martiana en España, de los escritores exilados. De hecho, la edición española del Diario de Campaña de José Martí lleva un prólogo de Cabrera Infante.
Prieto va más allá de la mentira, al convertir en una especie de delito el falso ataque contra Martí. ¿Qué libertad hay en un país donde no se pueda atacar a un escritor, aunque sea "lo más esencial de nuestra literatura"?
Así se llega a la justificación final de la censura en boca de Abel Prieto: lo que muchos definen como censura literaria, en la Isla es "el canon literario cubano", nos dice.
El funcionario apela al concepto del canon para justificar su dogmatismo. Hablar del "canon literario cubano" se ha puesto de moda a partir de la obra de Harold Bloom. Rafael Rojas le ha dedicado un libro, Un banquete canónico, y Roberto González Echevarría un artículo, Oye mi son: el canon cubano, además de que Roberto Fernández Retamar le dedicó un largo ensayo, Calibán,publicado y años más tarde revisado, que precede a todos los anteriores. Prieto se ve obligado a apelar a un concepto reaccionario —todos los cánones son, por su propia naturaleza, reaccionarios— para justificar, desde el punto de vista cultural, lo que no es más que un acto de censura.
Es difícil lograr en un puñado de declaraciones torpes tantas transformaciones. Hay que reconocerle el mérito que tiene el ministro al lograrlo. Es necesario algo más que el azar para recorrer en tan breve tiempo los caminos del policía, el censor y el inquisidor. No hay ejemplo literario a la mano y sólo puede venir en la ayuda el cine, con las películas sobre personajes con personalidad múltiple que la moda del psicoanálisis logró colar en la pantalla.
Más que curioso que Prieto no echara mano a la repetición de que el Aleph de la cultura cubana se encuentra en la Isla. Al verse atrapado en la defensa de una ideología estéril, no le quedó otra alternativa que aplicar un criterio de autoridad, que elimina las diferencias y crea un tablado de santos que deja fuera a los herejes ilustres. Sólo cabe preguntarse: ¿en qué círculo del Infierno hubiera colocado Dante a Abel Prieto? |