Afortunadamente, Bolton y Reich se cogieron el dedo con la puerta. El secretario Colin Powell y el subsecretario Ford defendieron la independencia intelectual en el análisis y dieron el caso por cerrado. En la CIA, los funcionarios a cargo de los estimados de inteligencia, rechazaron tomar represalias contra el analista. Bolton y Reich tuvieron que tragarse su ira. Su credibilidad —si les quedaba alguna— en todo lo que digan sobre Cuba, es nula. La opinión pública cubana y norteamericana tiene una evidencia más del proceder de estos "demócratas", que cada día engañan menos.
En ese respecto, independientemente de que Bolton sea aprobado o no, las audiencias han sido provechosas. Es evidente que las fuerzas a favor de una transición pacífica hacia la democracia en Cuba, encuentran importantes aliados al interior de los funcionarios norteamericanos. Importantes fuerzas de la democracia estadounidense y sus mecanismos institucionales favorecen una aproximación a Cuba, basada en un análisis desideologizado.
Lo que pase en Cuba, no las coacciones de Reich y Bolton, determinará, en última instancia, la opinión de honestos analistas de la CIA y el Departamento de Estado. Si el gobierno cubano tiene una verdadera voluntad de reformas, ni Reich ni Bolton pueden parar una mejoría de las relaciones entre los dos países.
Reflexiones de aniversario
La invasión de Bahía de Cochinos es utilizada en cursos, conferencias y estudios como modelo de todo lo que no se debe hacer. Adlai Stevenson ofreció renunciar a su posición en la ONU a raíz de aquellos sucesos, porque simplemente aquello fue uno de los fiascos mayores de la política exterior norteamericana en toda su historia. Por eso sorprende la reiteración y júbilo con que algunos exiliados han divulgado y repetido la aseveración del opositor Félix Bonne, sobre una supuesta continuidad entre los objetivos de la invasión de Girón y la actual lucha democrática.
El tema amerita análisis. Cualquier continuidad histórica entre los contendientes de Bahía de Cochinos y la aspiración a una Cuba soberana y democrática, es por lo menos ambigua. No es que no hubiese cubanos demócratas y patriotas en ambos bandos. Los había. Sucede, sin embargo, que además de la escasa autonomía con respecto a la CIA del gobierno de José Miró Cardona, en las filas de la expedición habían numerosos reclamantes oligárquicos y un contingente considerable de batistianos, cuya oposición a la reforma agraria y la recuperación de bienes malversados, por citar sólo dos ejemplos, no tenía un pelo de democrática.
Su compromiso de restablecer la Constitución de 1940, aunque positivo, era poco creíble. En el otro lado, los revolucionarios se enfrentaban a la invasión financiada por EE UU, defendiendo la soberanía —en el mejor de los casos— y el programa comunista, enemigo de las libertades civiles, en el peor.
La prueba mayor de la discontinuidad de la actual lucha por los derechos humanos con los sucesos de Bahía de Cochinos es el informe de Christine Chanet a la Comisión de Derechos Humanos. Tal documento no se basa en la disputa revolución-contrarrevolución, sino en valores universales que chocan, tanto con la Ley 88 cubana como con las Torricelli y Helms-Burton.
El informe no es avenida de un solo sentido. Aboga por la liberación de todos los presos de conciencia, en primer lugar los detenidos en la primavera de 2003, y reclama al gobierno cubano el respeto a las libertades y derechos civiles y políticos. A la vez, reconoce los méritos y esfuerzos de ese gobierno por garantizar los derechos a la salud y la educación y critica el daño causado por las sanciones unilaterales, no sólo por el efecto negativo que causan a la familia y al nivel de vida de la población, sino por contribuir a una atmósfera hostil para el desarrollo de los derechos civiles y políticos en la Isla. |