www.cubaencuentro.com Martes, 31 de mayo de 2005

 
   
 
Tintin, los pícaros y los tontos útiles
Los toros desde la barrera: ¿Por qué cierta prensa europea intenta legitimar procesos como los de Cuba y Venezuela y se convierte en embajadora de los caudillos ante la opinión pública?
por WILLIAM NAVARRETE, París
 

La palabra pícaro es un hispanismo que entró en la lengua francesa gracias a la novela picaresca del Renacimiento español y que, luego, se ha mantenido gracias a la coyuntura caricaturesca que ha regido el panorama político latinoamericano durante los últimos dos siglos.

H. Chávez
Hugo Chávez: ¿el nuevo comodín de cierta izquierda europea?

Así, en la década de los setenta, el ingenioso humorista de origen belga Georges Remi Hergé, sacó a la luz el vigésimo segundo cómic de la mundialmente conocida serie de Tintin, un joven periodista francés que junto a su perro (Milou) y su amigo, el viejo capitán bretón del mar (Haddock), va por el mundo deshaciendo entuertos y viviendo apasionantes aventuras en las que el ingrediente político contemporáneo es siempre parte inseparable de la acción.

En esta nueva entrega, Hergé situó el centro de la acción en América Latina. Para ello creyó oportuno darle como título Tintin y los pícaros, en clara referencia a los guerrilleros, los militares y los hombres de poder de dicho continente, buscavidas sin escrúpulos de orden moral cuando se trata de la supervivencia personal. Por supuesto, el happy end era para Hergé una condición sine qua non de la trama, algo que en realidad América Latina ha conocido en muy contadas ocasiones desde entonces.

Por muy ligera que pudiera parecer, la trama de este libro de muñequitos abarcaba las constantes que han minado la vida política del continente: los golpes de Estado, la militarización del poder, las guerrillas populistas y pseudomarxistas, la frivolidad y las intrigas, el favoritismo, las alianzas entre lobos de la misma camada, la extensión del latifundio y del cuartel a la vida política de cada nación y en detrimento del pueblo. En estas circunstancias, el libro humorístico de Hergé se convirtió en una referencia (y sigue siéndolo) para que el adolescente francés de todos los medios y generaciones tenga una impresión folklórica y aproximativa del caos que reina en las orillas meridionales del otro lado del océano.

Entre Alcázar y Tapioca

Concretamente, para el caso citado, la acción se sitúa en un país latinoamericano imaginario llamado la República de San Theodoros, y en su capital, la ciudad de Tapiocapolis, cuyo nombre ha sido cambiado en sucesivas ocasiones a razón del gobernante que logra instalarse en el sillón presidencial.

El general Alcázar (que representa lo que sería hoy la izquierda populista del continente) ha sido desplazado del poder y condenado a internarse con sus seguidores (los pícaros) en las regiones boscosas del país, después que el general Tapioca (representante a su vez de lo que asimilaríamos a la derecha conservadora del continente) lo sacara del poder.

Resumiendo la trama, el marinero bonachón y el reportero francés son acusados por Tapioca de montar un complot para sacarlo del poder. Detrás de la acusación se esconde la mano del intrigoso ministro del Interior, quien en una de las aventuras anteriores había sido burlado por los protagonistas cuando era jefe de la Policía en Szohôd (una imaginaria ex república socialista de Europa del Este). Para atraer a San Theodoros a Tintin y al capitán, dicho ministro ha encarcelado, bajo falsas pruebas de complot contra Tapioca, a la soprano milanesa Bianca Castafiore, amiga de los héroes, que se encontraba de gira por el continente.

Después de no pocas peripecias, los protagonistas son rescatados por el guerrillero Alcázar, que, aprovechando que un grupo de cirqueros franceses, los Turlurons, visitaba el país, disfraza a sus pícaros (¿la idea es de Tintin?) con la indumentaria de los artistas para entrar sorpresivamente en el Palacio presidencial durante la confusión de las fiestas de carnaval.

Llevado Alcázar al poder, la única exigencia que impone el reportero francés es que no se condene al paredón de fusilamiento al general depuesto ni a sus cómplices, algo a lo que el general accede a regañadientes, porque "una revolución sin ejecuciones —añade— es impensable". Al final, todos salen recompensados con la Orden Nacional de Caballero de San Fernando, que Alcázar distribuye entre compinches y servidores en la recién bautizada capital de Alcazaropolis.

Más aventura que convicción

La simplificación de esta historia hace aflorar parte del problema de percepción de no pocos intelectuales franceses acerca del fenómeno latinoamericano, pues a pesar de ser el militar de izquierda (Alcázar) tan o más nocivo, tan o más arbitrario y engañoso que el depuesto, al primero lo cubre siempre una aureola de simpatía que, aunque tratada de forma irrisoria, el autor apenas logra disimular.

La otra cara de la moneda, la que muestra quizás el fondo del problema, es que ninguno de los dos (ni el dictador de izquierda ni el de derecha) son, al pie de la letra, tomados en serio. Lo cual ofrece un panorama bastante completo de la manera en que han sido y son abordados los conflictos regionales latinoamericanos desde este lado del Atlántico, y la medida en que inmiscuirse en ellos ha tenido desde siempre, para muchos intelectuales, el sabor de la aventura más que el de la convicción del deber de enfrentar objetivamente un problema de envergadura para el orden mundial.

Lo que ha sucedido a escala de un cómic irónico y agudo resume la percepción irresponsable que desde Europa puede tenerse de la situación latinoamericana. Sucedió desde 1959, durante la primera década de la revolución cubana, cuando influyentes intelectuales franceses se sirvieron de la prensa para, dejando de lado los atropellos y crímenes cometidos en nombre de la justicia revolucionaria, así como la ruina de las instituciones democráticas y la supeditación del país a la voluntad soviética, levantar el edificio del mito sobre el que todavía parte (cada vez más minoritaria ahora, pero no durante tres décadas) de la opinión pública francesa asentó y asienta la simpatía por la dictadura castrista. Y ya sabemos lo importante que resulta para cualquier país de Europa (contrariamente a Estados Unidos) el peso de los intelectuales en la opinión pública.

Resulta que ahora, cuarenta años después de aquel error imperdonable, y como si la experiencia acumulada no bastara, está sucediendo lo mismo con Venezuela.

Independientemente de las políticas económicas de Estado en las que las ventas de material bélico por parte de España o la duplicación de la explotación de gas y petróleo por parte del consorcio francés Total no se detienen ante consideraciones de otra índole, habrá que observar la manera en que no pocos editorialistas, politólogos y periodistas de los diarios más leídos abordan el tema de la llamada "revolución bolivariana", que ni es revolución ni tampoco tiene nada que ver con la esencia misma del pensamiento de Bolívar.

Cimientos para el falso mito

El 2 de agosto de 2004, el editorial del periódico Liberación, uno de los tres diarios más importantes de Francia, llevaba por título "Debemos apoyar a Hugo Chávez". Lo firmaban Gaël Brustier y Thomas Francard, quienes, tomando por necios a los lectores, afirmaban que el presidente venezolano había adoptado una de las Constituciones más innovadoras y democráticas de la Historia. A ello sumaban afirmaciones tales como "erradicación del analfabetismo logrado", "reforma agraria inscrita en un proyecto de soberanía alimentaria del país", "un gobierno que ha hecho por Venezuela lo que ningún otro desde 1811". Me pregunto siempre quién dirige a esta gente para que sean ellos quienes, a su vez, dirijan la opinión pública y echen los cimientos de los falsos mitos.

Es el caso del redactor en jefe de Le Monde Diplomatique,Maurice Lemoine, especialista de América Latina (o sea, especialista de un punto de vista unidireccional sobre América Latina). La editorial Flammarion acaba de publicar su ensayo novelesco Chávez Presidente. Cuando en el foro electrónico de Le Nouvel Observateur un internauta le pregunta si Chávez es un personaje peligroso, Lemoine responde tranquilamente: "peligroso para la tentativa de Washington de continuar su dominación hegemónica sobre América Latina".

Otro internauta llama la atención sobre la poca capacidad del equipo gubernamental de Chávez. Lemoine se escurre alegando que la impresión de que la maquinaria de gobierno funcione de forma caótica se debe a que ante la inestabilidad política generada por la oposición, Chávez se ha visto obligado a ocuparse más de la fidelidad que de la eficacia, y para colmos, añade que no se debe olvidar que los gobiernos anteriores, muy presentables (aquí la ironía no escapa a nadie), habían situado al 70% de la población venezolana por debajo de los límites de pobreza.

Lemoine renueva la tradición de responder a una pregunta concreta por extrapolación. Durante décadas ha sido el caso de los defensores del castrismo, quienes ante la evidencia de violaciones absolutas de los derechos humanos en Cuba suelen evocar la injerencia norteamericana en el área, la situación política en épocas de Fulgencio Batista o el caso de los talibanes detenidos en la base naval de Guantánamo.

También maneja las cifras a su antojo y ofrece estadísticas que se basan en el discurso de la propaganda oficial. O sea, que 45 años después de haber utilizado como referencia la propaganda del castrismo, los precursores de los falsos mitos, los tontos útiles de los pícaros, utilizan las mismas herramientas anacrónicas para influenciar la opinión pública francesa.

Chávez ha comprado 100.000 metralletas AK-47 a Rusia, amén de 40 helicópteros de combate MI 35 a este mismo país, 24 aviones de guerra a Brasil, radares a China y lanchas torpederas a España. Lemoine, siempre a favor de los pícaros, justifica la militarización creciente de Venezuela y evoca el Plan Colombia, de ayuda masiva al ejército colombiano por parte de Washington, el cual, según sus fuentes, hace cuatro veces más poderosa en materia de armamentos a Bogotá con respecto a Caracas.

El reportero francés no vacila un segundo en sembrar la cizaña dejando bien claro que la amenaza para la "revolución bolivariana podría venir lo mismo desde Estados Unidos que desde Colombia". O sea, que desde su tribuna-polvorín de Le Monde Diplomatique parece inclinarse por una legitimación de la guerrilla colombiana (contra la cual el Plan Colombia, afirma, no tiene sentido), a la vez que deja la vía libre para que la opinión pública no mire con recelos la progresiva instauración de una dictadura militar en el vecino país.

Qué viva el capital

Por alguna razón que desconozco, amplios sectores de la opinión pública digieren, sin cuestionamiento alguno, estos puntos de vista. Es un poco el papel de ideólogos (que se esconden detrás del periodismo, en principio, imparcial) el que asumen algunos de estos "expertos" del continente latinoamericano, que sobreviven (y vale la pena aclararlo) gracias a las acciones que los grandes grupos financieros occidentales poseen en la prensa impresa, para servir incondicionalmente a los pícaros. Cuando no de las prebendas recibidas del erario público de estas repúblicas santheodorianas, en detrimento, por supuesto, del bienestar del pueblo.

Por eso son tan o más pícaros que la ralea demagógica latinoamericana: viven a costa del capital y se alimentan echando pestes contra él; descansan a expensas de la democracia que otros han instalado para ellos y se regocijan de ver cómo se limita y asfixia a la misma en sus cotos de aventuras, en casa ajena.

Lejos estamos del ingenuo colaboracionismo del héroe del cómic de Hergé. A este podíamos tildarlo de irresponsable e incluso de frívolo, en otras palabras, de tener demasiado enraizada la perspectiva del colonizador. A los otros, a los que como los tontos útiles de la prensa parcial se convierten en embajadores de los caudillos ante la opinión pública, los alimenta probablemente la frustración de no haber tenido la posibilidad (ni el valor) de instaurar en sus propias casas la democracia según sus reglas: o sea, la de una rotunda indiferencia ante la dignidad humana y un parasitismo abyecto a la picardía.

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