www.cubaencuentro.com Viernes, 17 de junio de 2005

 
  Parte 1/7
 
Paisaje después de la batalla
La Unión Europea en la encrucijada: lecciones y consecuencias para la oposición cubana.
por JORGE A. POMAR, Colonia
 

El "Non" de los franceses el 29 de mayo y, un par de días después, el "Nee" de los holandeses han dejado a la vista los contornos de la rampa por la que se despeñará sin remedio el flamante proyecto de Tratado Constitucional para la Europa de los Veinticinco. Ambas consultas populares en países fundadores cobran mayor peso si se tiene en cuenta que, a diferencia de las ratificaciones anteriores, fueron avaladas por cuatro factores cualitativos superiores: 1) campañas masivas de debate y esclarecimiento, 2) aplicación de la vía plebiscitaria, 3) récordes de participación popular (Francia: 69,34%; Holanda: 61,60%), y 4) amplia victoria del no (Francia: 54,68%; Holanda: 62,1%).

U. E.
Schroeder, Chirac: ¿se avecina el fin del eje franco-alemán?

El rechazo holandés le puso la tapa al pomo. Aun dando por descontada la incidencia de razones locales, ambos escrutinios revelan un desfase total entre dirigencia y ciudadanía. La Asamblea Nacional francesa había aprobado previamente el controvertido Tratado por abrumadora mayoría; ídem la Segunda Cámara del parlamento holandés. En Alemania, donde el Bundestag (Cámara Baja) aprobó el Tratado por un margen aún mayor, se tiene la certeza de que, en caso de referéndum, la mayoría se hubiese decantado por el no, y ya se alzan voces que deploran incluso el cambio de moneda.

De modo que la decisión parlamentaria en el resto de países que ya aprobaron el texto dice poco acerca de la real voluntad popular al respecto. Todo esto prueba que, como veremos más adelante, las causas del doble "no" franco-holandés son más profundas de lo que se suponía, amén de generalizables a toda Europa Occidental. En particular, el repeluco de los franceses está desencadenando un efecto de vía de agua por donde se irán por contagio los demás países que, como Portugal, Polonia, Luxemburgo o Dinamarca, decidirán también por la vía plebiscitaria.

Para colmo de males, el premier británico Tony Blair, padre de la infeliz (la aprobación de constituciones federales es asunto de los parlamentos nacionales) idea de llevar el tema a las urnas, ha dejado para las calendas griegas la celebración de un referéndum perdido de antemano en una Inglaterra tradicionalmente euro-escéptica: el 6 de junio, Jack Straw, ministro de Asuntos Exteriores, anunció oficialmente la suspensión indefinida del referéndum británico.

"Son tiempos inciertos y no vamos a proceder hasta que tengamos certidumbre", declaró un portavoz de Downing Street 10, residencia del primer ministro. En resumidas cuentas, la Carta Magna europea —concebida y aprobada por todas las instancias ejecutivas y deliberativas de la UE como una imprescindible reestructuración institucional de cara a la Europa de los Veinticinco y como paso previo a la ansiada unificación política— ha nacido muerta.

Sueño trizado

De paso, el sueño de los euromegalomaníacos de constituirse en un polo de poder continental que contrapesara la hegemonía estadounidense, ha sido trizado. La debacle electoral de la coalición gubernamental rojiverde en su antiguo feudo de Renania del Norte-Westfalia, el estado más industrializado y populoso de Alemania, selló la bancarrota del canciller federal Gerhard Schroeder, que acaba de tirar la toalla. Se abre así un interregno de vacío de poder hasta las elecciones anticipadas de septiembre de este año.

Las encuestas dan por segura ganadora a la eléctrica Angela Merkel, elegida casi por aclamación como candidata de la Unión Demócrata Cristiana (CDU). La discípula germano-oriental (nació en la RDA) de Helmut Kohl no oculta la deriva atlantista de su futura gestión exterior. E incluso suponiendo —caso harto improbable, pues el renegado Oskar Lafontaine, ex secretario general del SPD, acaba de fundar un nuevo partido socialdemócrata de izquierda con la consiguiente sangría de votos para el SPD— que las urnas impongan la creación de una gran coalición CDU-SPD, única formación capaz de acometer sin trabas la dolorosa agenda de reformas pendientes, todo indica que la poltrona de canciller federal sería ocupada por la Merkel.

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