www.cubaencuentro.com Jueves, 04 de agosto de 2005

 
  Parte 1/2
 
La utopía fracasada
Los impulsores, Chávez y Castro, continúan con una retórica populista e incendiaria, pero la Alternativa Bolivariana para la América no acaba de cuajar.
por LEONARDO CALVO CáRDENAS, La Habana
 

Hace ya varios años, el destacado intelectual y político mexicano Jorge Castañeda entregó su obra La utopía desarmada. En un alarde de capacidad analítica y erudición, llevó al lector al fondo y las esencias del sentir y actuar de la izquierda revolucionaria del continente, que durante varias décadas intentó mediante la violencia, haciendo caso omiso de la integridad física y moral de los individuos, liberar a las grandes masas de las desigualdades y los sufrimientos.

F. Castro
Castro y Chávez: juntos en una nueva cruzada contra la influencia de Estados Unidos en América Latina.

Hoy, muchos años después de que la historia demostró que la violencia y la subversión no son la alternativa ni el camino para alcanzar el tan anhelado bienestar con justicia, los presidentes de Cuba, Fidel Castro, y de Venezuela, Hugo Chávez, sobrevivientes incombustibles del naufragio revolucionario, emprenden una nueva cruzada política. Con ella pretenden patrocinar la integración y la solidaridad que tanto necesita nuestro continente, y de paso, servir de efectiva contrapartida a los procesos de integración económica y comercial que hace alrededor de una década se promueven en el hemisferio.

En efecto, los líderes de Cuba y Venezuela comprometen cuantiosas energías y recursos en una especie de proyecto alternativo de integración continental: la llamada Alternativa Bolivariana para la América (ALBA), claramente opuesta al Tratado de Libre Comercio (ALCA) y sus derivados regionales.

Según sus propios animadores, la iniciativa está enfilada contra el poder y la influencia de Estados Unidos en el subcontinente, y basada en la exportación de una serie de solidaridades políticamente inducidas. A partir de estas pretenden hegemonizar cada vez más amplios espacios sociales, civiles y políticos en los países hermanos, capitalizando a su favor las enormes carencias y desequilibrios sociales que subsisten en nuestras naciones, en una especie de amable y descafeinado nuevo modelo de exportación de la revolución.

Varios factores coadyuvan a que hasta ahora la iniciativa no haya contado con el impacto y la acogida esperada por sus animadores. Como sucedió hace exactamente veinte años, cuando el gobernante cubano desarrollaba una intensa campaña para promover el impago de la deuda externa, mientras Cuba cumplía religiosamente los compromisos contraídos con sus acreedores —que tiempos aquellos—, hoy los dos gobiernos más críticos y hostiles contra Estados Unidos son los que más dependen económicamente del poderoso vecino del Norte.

Las principales disponibilidades financieras y alimentarias de Cuba provienen de las remesas y de ese comercio con el enemigo, establecido en un solo sentido y con pagos al contado respectivamente. Por su parte, Venezuela cuelga de la millonaria exportación petrolera y las importaciones que sobrepasan los 300 millones de dólares mensuales en mercancías y productos norteamericanos de todo tipo.

Al menos en Cuba, la permanente satanización de los Tratados de Libre Comercio está sazonada  por el ocultamiento y la manipulación de la información sobre el tema. El gobierno cubano se prodiga en difundir las supuestas consecuencias negativas que, en su criterio, de seguro traerán al subcontinente los mencionados proyectos integradores; sin permitir a sus ciudadanos conocer la letra, espíritu y especificidades de tan complejos procesos. La inmensa mayoría de los cubanos ignoran que lo que todavía coarta el avance expedito de la iniciativa de integración económica continental son los conflictos de intereses que generan el tema de los derechos de la propiedad intelectual y los subsidios agrícolas norteamericanos.

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