www.cubaencuentro.com Jueves, 13 de noviembre de 2003

 
  Parte 2/3
 
El último santuario
¿Mito, paradigma o producto comercial? El régimen cubano intenta sostener los 'valores revolucionarios' del Che Guevara desde la más pragmática mercadotecnia ideológica.
por JOSé R. MORENO CRUZ, Santa Clara
 

En los últimos días en el Congo, arreciado por el asma y las amebas, con apenas 55 kilos de peso, conoce por Radio Habana Cuba que Castro había roto el pacto entre ellos, leyendo públicamente su carta de despedida el 3 de octubre de l965, en ocasión de la creación del Partido Comunista de Cuba.

Nadie, ni mucho menos él, se podía explicar los objetivos del máximo líder cubano al dar a conocer el citado documento al pueblo. "Las cosas están tomando otro curso—expresa ante su tropa—, pues se están violando los acuerdos hechos entre amigos, que parecen desaparecer y entre las sombras asoma el culto a la personalidad. Stalin parece que no ha muerto". Vivencia recogida por Dariel Alarcón Ramírez (Benigno) en su libro Memorias de un soldado cubano.

Ya en Praga, la capital de la entonces Checoslovaquia, recibe varios mensajes de la jefatura cubana, pero su vanidad y orgullo personal no le permiten regresar. Cuando lo hizo, tenía todo preparado para ir a América del Sur y allí luchar por la "independencia continental", como para reeditar la hazaña de Bolívar y Sucre contra la metrópolis española.

"La imagen del Che —apunta Benigno en sus memorias— crecía en Cuba por momentos, su proyección era enorme por las responsabilidades de comandante en el ejército, en el Ministerio de industrias, del Comercio Exterior, etc. El pueblo lo adoraba y aquello empezó a caerle mal a Fidel, y especialmente a Raúl, porque su figura quedaba opacada. La gente decía: El Che-Fidel. Las ambiciones de los hermanos Castro eran muchas, por eso Fidel quiso silenciarlo".

Traicionado por el Partido Comunista Boliviano, y por el propio gobernante cubano ante la presión soviética, es abandonado a su suerte y muere el 8 de octubre de l967. El llanto rodó por doquier de un extremo a otro de la Isla al conocerse la noticia.

Con hipocresía extrema, como arma ideológica y de guerra, modalidad del castrismo ante una dinámica de ruptura y continuidades, Castro expresaba por aquellos días de octubre: "Hombre íntegro a carta cabal, hombre de honradez suprema, de sinceridad absoluta, hombre de vida estoica y espartana, hombre a quien prácticamente en su conducta no se le puede encontrar una sola mancha. Constituyó, por sus virtudes, lo que puede llamarse un modelo de revolucionario".

Sin embargo, no todos han pensado de igual modo. ¿Quién mejor que uno de sus subordinados en las experiencias cubana, africana y latinoamericana para opinar?

Con palabras propias de un hombre sencillo y de poca instrucción, Benigno recuerda: "Yo he querido muchísimo al Che. Hubiera sido capaz de morir por él (…), pero se le ha consagrado con el título de hombre sin manchas y honestamente yo creo que así no fueron las cosas. Para mí estas son sus manchas: abuso de poder, no daba oportunidad a defenderse, avasallador con sus subalternos, los castigos ante cualquier error, las medidas despiadadas, etc. Se aprovechaba de nosotros que éramos analfabetos, que casi lo aplaudíamos con sus cosas".

Sobran los comentarios. Ese es el símbolo de toda una juventud, impuesta por el discurso oficial. Es una pena. Para el cubano de vergüenza, de honor y decoro, debe constituir un acto pernicioso el obligar a los niños a repetir la frase "Seremos como el Che". Un acto vandálico, por demás.

Casi 20 años después, se construye en Santa Clara la Plaza Ernesto Guevara y su monumento, con una colosal estatua de Delarra, que sobresale en la misma dirección de la puesta del sol. Se perpetúa así la memoria del otro Quijote, con las lógicas diferencias epocales y de fondo.

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