www.cubaencuentro.com Viernes, 28 de noviembre de 2003

 
  Parte 2/2
 
Horrores de la cárcel
Violencia contra las cubanas: Por más de 40 años miles de mujeres han padecido en prisión las peores vejaciones y atropellos por razones políticas y de conciencia.
por ILEANA FUENTES, Miami
 

De pronto, capté de reojo la razón de aquella oscuridad: no entraba luz alguna al pasillo. Habían soldado una plancha de acero a la puerta de cada celda. Ahora me estremecía con una peor: la de una cripta gigante. 'Póngase esto… y bienvenidas a las tapiadas', me gritó uno de los guardias al empujarme hacia el interior del calabozo. El ruido del cerrojo traspasando la pared sonó a cripta. La oscuridad era inimaginable. 'No tienen derecho a enterrarnos vivas', pensé. La mente se deslizaba hacia un abismo. Fui palpando las paredes arrastrando los pies, hasta que di con la tersa superficie del acero. ¡Al menos sabía donde estaba la puerta!

Desde que nos trasladaron a Guanajay de la prisión de Baracoa en enero, la vida había sido una confrontación diaria con las autoridades del penal, especialmente con Manolo Martínez. Él quería resquebrajar nuestra voluntad. Lo intentó por todos los medios: nos cortó las raciones de comida, nos retuvo la ropa y las sábanas, confiscó nuestra correspondencia, canceló las visitas familiares, suspendió los recreos en el patio, y le dio por cambiarnos de celda cada dos o tres días. Nada le hervía más la sangre que nuestra hostilidad al plan de reeducación.

Con el paso del tiempo empezamos a preocuparnos menos por la comida y más por los problemas de higiene. El agua que nos suministraban apenas alcanzaba para tomar, y no daba para bañarnos o lavarnos la cabeza, o los dientes, o lavar la única muda de ropa. No había forma de limpiar la sangre empegostada de la menstruación, no con qué asearnos cuando el agua salobre nos daba diarreas.

Las celdas eran como hornos durante el día, carentes de ventilación, y el sudor se mezclaba con el polvo del concreto que todavía flotaba en el aire desde la reciente construcción. Así se fue formando una costra sobre el cuerpo. El inodoro, que nunca funcionaba (como tampoco el lavamanos) servía de criadero para los mosquitos. Con la acumulación de excremento luego de una semana sin poder descargarlo, la taza se convertía en una fábrica de cucarachas. Una las podía oír revoloteando en el piso durante horas. Esas cucarachas portadoras de cuanta bacteria tropical existe en este mundo convivían con cada una de nosotras. No puedo describir la repugnancia ante la realidad de que por mucho que me distanciara de aquel inodoro y me pegara a la puerta, las cucarachas iban a pasearse sobre mi cuerpo de todas maneras.

Los días de hicieron semanas, y las semanas meses. La inmundicia, el calor, la escasa comida y el agua infestada se hizo sentir. Todas nos enfermamos. La fetidez del vómito se mezclaba con las otras fetideces del ambiente de aquellas tapiadas. A los cincuenta y nueve días nos sacaron de allí. Salimos como borrachas dando tumbos hasta regresar al Pabellón D. La costra que cubría nuestros cuerpos. Mezclada de sangre, de sudor, de polvo de cemento, y de churre, era tan gruesa que tuvimos que rasparnos la piel con cuchillitas de afeitar. El pelo, un pegoste imposible de lavar. De ahí que nos pasáramos esa primera noche pelándonos casi al rape unas a otras".

Y sigue siendo igual. Martha Beatriz Roque Cabello, economista de 58 años, fue condenada a 20 años de cárcel el pasado mes de abril, por el delito de disentir, de opinar diferente a los ideólogos oficiales, por aspirar a una democracia plena de derechos y legalidad. La organización MAR por Cuba ha denunciado el maltrato y la negligencia que sufre esta mujer en manos de las autoridades penales. Algo parecido le sucedió hace una década a la galardonada poeta María Elena Cruz Varela, durante su encarcelamiento entre 1991 y 1993. La violencia se repite y se repite. Mañana volvemos con sus historias.

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