El acreditado economista cubanoamericano Carmelo Mesa-Lago (Economía y bienestar social en Cuba a comienzos del siglo XXI, 2003), remitiéndose a fuentes cubanas, expresa que el cambio podría ser de 40 pesos o más, si no fuera porque el gobierno ha congelado la tasa de cambio oficial. En el mismo estudio, Mesa-Lago señala que algunos economistas cubanos argumentan que el mantenimiento oficial de la paridad cambiaria y la sobrevaloración del peso provoca incentivos negativos para las exportaciones y la productividad, razón por la cual ellos apoyan la convertibilidad del peso basada en una relación mercantil y no en medidas restrictivas animadas por razones políticas.
Inicialmente, la legalización de la circulación del dólar buscaba captar la mayor cantidad de moneda extranjera mediante el incremento de las ventas en las shopping, donde, como se sabe, las tasas de impuestos alcanzan hasta el 240%.
La introducción del "peso convertible", en 1995, constituyó también un recurso para capturar cierta cantidad de dólares circulantes. En una segunda fase, el proceso de dolarización se extendió cuando algunas empresas e instituciones fueron alentadas a autofinanciarse en dólares y a sufragar algunas de sus rentas en esa moneda. Por último, el Estado impuso honorarios e impuestos a los ciudadanos, pagaderos en dólares.
Existen varias fuentes generadoras de dólares para la población cubana. La más importante la constituyen, sin duda alguna, las transferencias familiares, cuyos flujos se han incrementado sin cesar. Una segunda fuente reside en la compra de bienes y servicios por parte de turistas a sectores no estatales y no reportados por la economía (por ejemplo, los pagos por concepto de alojamiento en un apartamento privado, en vez de en cualquier hotel).
Una tercera fuente de aprovisionamiento de dólares la constituyen los pagos de una parte del sueldo, a sus empleados cubanos, por parte de empresas extranjeras que operan bajo asociaciones mixtas controladas por el Estado. La cuarta, y no por ello la última, son los ingresos en moneda dura devengados por músicos, profesores, deportistas y otros profesionales cubanos, por concepto de conciertos, conferencias y competiciones en el exterior.
Hoy en Cuba existen dos economías altamente contrastantes: una basada en dólares y otra en el peso. Ambas funcionan cual compartimentos estancos y presentan significativas y complejas segmentaciones. La consecuencia más seria —entre otras— está relacionada con la distribución de ingresos y la estructura general de incentivos.
Si nos atenemos a que el salario promedio de un trabajador cubano es de 225 pesos al mes y partimos de una tasa de cambio extraoficial de 25 CUP igual a 1 USD, esto equivale a unos ingresos de nueve dólares al mes. En cambio, los cubanos empleados en el turismo, o que proveen servicios auxiliares, o quienes reciben remesas, etc., perciben una cantidad muy superior a estas cifras. Esto provoca un poderoso incentivo para que la población repudie la economía en pesos e intente por todos los medios insertarse en la economía dolarizada. El resultado es obvio: se deforman las conductas económicas, tanto de la gente como de las empresas relacionadas exclusivamente con el billete cubano.
Por otra parte, los que realizan funciones vitales en la salud, la educación, la agricultura o la industria, reciben menos por sus esfuerzos que los que de una manera u otra perciben dólares; de tal suerte, los niveles de vida de aquellos han descendido en correspondencia con la fuerte contracción de su poder de compra. La población cubana se ve obligada a gastar crecientes proporciones de sus magros ingresos en comida y otros bienes esenciales que adquieren en las shopping, cuyos precios exceden con gran diferencia los que alcanza el sector que funciona en pesos. |