Será extremadamente difícil ejecutar a cabalidad muchas de las medidas. Por ejemplo, la reducción de los viajes —a uno cada tres años— no impedirá el intento de viajar a través de terceros países.
Para asegurar el tope de $300 que pueden entregar los que van a Cuba, ¿registrarán de manera ignominiosa, de pies a cabeza, a los viajeros? ¿Cómo se controlará que las remesas sean recibidas sólo por familiares "inmediatos" y no por tías, sobrinos o primos? ¿Acaso las agencias que hacen las transferencias o la Sección de Intereses de EE UU en La Habana desplegarán un ejército de inspectores en toda la isla para comprobar a quién se entregan las divisas? ¿Quién impedirá que se envíe dinero a un familiar inmediato y que éste luego lo pase a uno no inmediato? ¿Y cómo se controlará que los viajeros gasten sólo $50 diarios? ¿Se les seguirá hasta los restaurantes para asegurarse de que no sobrepasan esa suma en una comida con familiares "inmediatos"?
Peor aún, las medidas tendrán también consecuencias adversas, pero no para el gobierno cubano. Estimularán la ilegalidad y encarecerán el costo de viaje de cubanoamericanos desesperados, porque tienen al padre o la madre moribunda en Cuba, los cuales ciertamente arriesgarán la multa de $7.500 para viajar a través de Cancún o Toronto.
Tanto esfuerzo que ha hecho el exilio en torno a la familia, y ahora pocos se preocupan porque padres cubanoamericanos sólo puedan reunirse, cada tres años, con hijos que hayan dejado en Cuba, o viceversa.
¿Hambre para que haya rebelión?
Las medidas que puedan ser implementadas a cabalidad aumentarán el hambre, las enfermedades y la miseria de los cubanos, cuya mayoría es contraria al gobierno castrista. Si ese pueblo sufrido no ha podido rebelarse en masa contra el régimen, debido a la represión, mucho menos lo hará con más hambre.
Pero aun si esto fuese factible, ¿es justo y humano que los que vivimos en Estados Unidos, satisfaciendo nuestras necesidades, sin arriesgar vida, libertad o trabajo y con inmunidad para expresar nuestros criterios políticos, apoyemos una estrategia para estimular la insurrección de un pueblo depauperado, que depende de empleos miserables para subsistir a duras penas y que arriesga sanciones de 20 años de cárcel simplemente por escribir versos (como Raúl Rivero) o artículos sobre la economía cubana basados en cifras oficiales (como Oscar Espinosa Chepe)?
Por último, las medidas levantarán de nuevo un recelo hacia Estados Unidos y hacia el exilio. Un recelo que había sido aplacado por los lazos restablecidos en los últimos 25 años. Estas perjudicarán al pueblo, no al gobierno cubano, cuyos altos dirigentes continuarán disfrutando de comida abundante, acceso a todas las medicinas necesarias y atención privilegiada en los hospitales de las Fuerzas Armadas, así como a toda la gasolina que requieran.
Por otra parte, los mercaderes y productores agrícolas norteamericanos (muchos republicanos y varios en el estado de Texas) continuarán haciendo negocios con Cuba. Desde fines de 2001 han vendido $700 millones en productos agropecuarios a Castro, por lo cual EE UU se ha convertido en el principal suministrador de dichos productos y el sexto socio comercial de Cuba. Claro está que en esto no funciona el embargo.
Mientras tanto, Castro aprovechó las medidas de Bush no para emprender alguna acción agresiva contra Washington (sólo advirtió que si había peligro de guerra podría lanzar otro éxodo masivo), sino para aumentar entre un 10% y un 33% los precios de los artículos de consumo vendidos en las tiendas en divisas, apretando aún más el cinturón del empobrecido pueblo cubano.
El máximo líder, al parecer, no tiene temor de que el hambre incite a la rebelión. De igual manera Castro respondió a las supuestas actividades subversivas del jefe de la Sección de Intereses de EE UU en La Habana con los disidentes: no cerrando dicha oficina, sino encarcelando a 75 de estos últimos.
Tanto Bush como Castro han adoptado medidas por razones muy distintas a los objetivos explícitos. Bush, para conseguir el voto crucial de los cubanoamericanos en Florida (que no tienen familiares en la Isla), los cuales ya comenzaban a quejarse porque el presidente no había decidido acciones enérgicas para derrocar el régimen cubano. Castro, para obtener más dólares con los cuales comprar alimentos norteamericanos y arremeter, sólo de manera retórica, contra el Goliat del Norte que supuestamente estrangula al David de la Isla. Otra vez el maldito chivo expiatorio para justificar sus errores desastrosos.
Los perjudicados, por tanto, no han sido los objetos de ambas medidas —o sea, los gobiernos de ambos países—, sino el pueblo repartido entre las dos orillas. |