La respuesta es que, junto a las muy limitados referentes de bienestar y consumo considerablemente mermados por más de cuatro décadas de restricciones y falso igualitarismo, se enseñorea en Cuba el flagelo de la corrupción en todas sus formas y niveles. Por su extensión y alcances, este ha dejado de ser, como en la primera mitad del siglo pasado, terreno privativo de gobernantes y funcionarios venales para convertirse en el natural medio de subsistencia y lucro —según sea el caso— de una parte considerable de la población.
También surge la interrogante de por qué la Isla se hunde en la desolación y el retraso, si los cubanos en otras latitudes, ya sea en misiones del gobierno o en el exilio, son modelo de éxito, alcances y realizaciones trascendentes. La clave es que el gobierno cubano, que tanto se queja de los efectos del embargo norteamericano, impone al pueblo toda suerte de trabas e imposiciones restrictivas, que limitan las posibilidades de desarrollo y sólo dejan a los ciudadanos la opción de violar la ley y apropiarse de todo lo posible.
La determinación de las autoridades de mantener a cualquier precio el dominio total sobre todos los espacios de la sociedad, parece contradecir el derecho natural de los cubanos al libre desenvolvimiento económico, porque el que crea riquezas legalmente gana independencia, autoestima y la capacidad material y cívica de alcanzar espacios y disputar poderes.
Sin embargo, el que roba, malversa o especula, por mucho dinero que acumule con su actividad económica ilícita, mantiene el subyacente y paralizante complejo de culpa, así como la necesidad de quedar bien con el poder que le permite "luchar".
La corrupción viene a ser en Cuba necesidad y condena. El régimen se pronuncia con insistencia contra las ilegalidades, pero sostiene condiciones socioeconómicas que propician la extensión de la corrupción en todas sus formas. Ante el agotamiento del modelo y el insoluble aumento del costo de la vida, el trabajo pierde su valor, los profesionales ven depreciarse su talento y esfuerzo, los exiliados —otrora satanizados— visitan la Isla para gozar de privilegios inalcanzables para quienes se quedan, sin contar que son los extranjeros y no los nativos los que disfrutan de la ansiada libertad empresarial.
La cosa es tan grave que cuando un cubano informa a otro que ha obtenido un nuevo empleo, la pregunta obligada no es cuánto dinero va a ganar sino: "¿qué resuelves?". Ello indica que lo más natural y solvente entre nosotros es sustraerle todo lo posible al único patrón, el Estado, para de alguna manera compensar la pobre remuneración legalmente obtenida.
La extensión y profundidad que ha alcanzado la corrupción en la Isla es en extremo preocupante, pero lo que realmente ensombrece el presente y compromete el futuro de Cuba es la naturalidad con que se asume y acepta la despreciable lacra sin que las autoridades se decidan a abrir a los ciudadanos canales y espacios legales de desenvolvimiento económico y social. |